Juegos arriesgados: Por qué los niños los aman y los necesitan

Play at your own risk
Juega bajo tu propio riesgo.

Se podría pensar que el miedo es una experiencia negativa que hay que evitar siempre que sea posible.Sin embargo, como todo el que tiene un niño o una vez lo fue, sabe que a los niños les encanta jugar de forma arriesgada, formas que combinan la alegría de la libertad con la medida justa del miedo para producir la mezcla estimulante conocida como emoción.

Seis categorías de juego arriesgado

Ellen Sandseter, profesora de la Universidad de la Reina Maud, en Trondheim, Noruega, ha identificado seis categorías de riesgos que parecen atraer a los niños de todo el mundo en sus juegos [1] Son los siguientes:

• Grandes alturas. Los niños trepan a los árboles y otras estructuras hasta alturas de miedo, desde las que tienen una vista de pájaro del mundo y la sensación emocionante de ¡lo hice!.

• Velocidades rápidas. Niños balanceándose en vides, cuerdas o columpios; deslizarse en trineos, esquís, patines o toboganes en un parque infantil; lanzarse por unos rápidos en troncos o barcos; y andar en bicicleta, patines y otros vehículos lo suficientemente rápido como para producir la emoción de casi, pero no del todo, perder el control.

• Herramientas peligrosas. Dependiendo de la cultura, los niños juegan con cuchillos, arcos y flechas, maquinaria agrícola (donde el trabajo y el juego se combinan), u otras herramientas que se sabe que son potencialmente peligrosas. Hay, por supuesto, la gran satisfacción de tener la confianza para manejar este tipo de herramientas, pero también hay emoción en el control de ellas, sabiendo que un error podría lastimarlos.

• Elementos peligrosos. A los niños les encanta jugar con fuego o alrededor de superficies de agua profundas, cualquiera de los cuales plantea algún peligro.

• Peleas. Los niños se persiguen por todas partes y luchan en broma y, por lo general, prefieren estar en la posición más vulnerable, el que está siendo perseguido o la de abajo en la lucha libre: la posición que implica el mayor riesgo de ser herido y requiere más habilidad para superarla.

• Desaparición/perderse. Los niños pequeños juegan al escondite y experimentan la emoción del miedo a la separación temporal de sus compañeros. Los más mayores se aventuran fuera, por su cuenta, lejos de los adultos, en los territorios que les son nuevos y llenos de peligros imaginarios, incluyendo el peligro de perderse.

El valor evolutivo del juego arriesgado

Cabras en equilibrio

Otros pequeños mamíferos también disfrutan el juego arriesgado. [2] Las cabras jóvenes retozan por fuertes pendientes y saltan torpemente en el aire de manera que dificultan el aterrizaje. Monos jóvenes juguetonamente se balancean de rama en rama en los árboles, lo suficientemente separadas para desafiar sus habilidades y lo suficientemente alto como para que una caída pueda lastimarlos. Chimpancés jóvenes disfrutan saltando de ramas altas a ramas más bajas, justo antes de llegar al suelo. Mamíferos jóvenes de la mayoría de las especies, no sólo la nuestra, gastan grandes cantidades de tiempo persiguiéndose unos a otros y jugando a pelear, y ellos, también, en general, prefieren las posiciones más vulnerables.

Desde una perspectiva evolutiva, la pregunta obvia sobre el juego arriesgado es la siguiente: ¿Por qué existe? Puede causar lesiones (aunque una lesión grave es poco frecuente) e incluso (muy raramente) la muerte, ¿por qué la selección natural no la ha eliminado del todo? El hecho de que no ha sido eliminada evidencia que los beneficios deben superar los riesgos. ¿Cuáles son los beneficios? Estudios de laboratorio con animales nos dan algunas pistas.

Los investigadores han ideado maneras de privar a las ratas jóvenes del juego, durante una fase crítica de su desarrollo, sin privarlas de otras experiencias sociales. Éstas ratas crecen emocionalmente paralizadas. [ 3 , 4 ] Cuando se colocan en un ambiente nuevo, ellas sobreactuan con miedo y no logran adaptarse y explorar como haría una rata normal. Cuando se las coloca con un interlocutor desconocido, sus respuestas alternan entre la congelación por el miedo y arremetiendo con inadecuadas e ineficaces agresiones. En experimentos anteriores, se dieron resultados similares cuando los monos jóvenes fueron privados de juego (aunque los controles en esos experimentos no fueron tan buenos como en los experimentos con ratas posteriores).

Estos hallazgos han contribuido a la teoría de la regulación de la emoción del juego – la teoría de que una de las funciones principales del juego es enseñar a los mamíferos jóvenes la forma de regular el miedo y la ira.[ 4 ] En el juego de riesgo, los jóvenes se gestionan a sí mismos con cantidades manejables de miedo y practican manteniendo sus cabezas y comportándose de forma adaptativa, mientras que experimentan ese miedo. Ellos aprenden que pueden controlar su miedo, superarlo y salir con vida. En el juego rudo y violento, también pueden experimentar la ira, ya que un jugador puede lastimar accidentalmente a otro. Pero para seguir jugando, para continuar con la diversión, tienen que superar esa ira. Si ellos arremeten, el juego ha terminado. Por lo tanto, según la teoría de regulación emocional, el juego es, entre otras cosas, la forma en que los mamíferos pequeños aprenden a controlar su miedo y la ira por lo que pueden encontrarse peligros de la vida real, e interactuar en cuartos cercanos con otros, sin sucumbir a las emociones negativas.

Las perjudiciales consecuencias de la privación de juego en nuestra cultura hoy

Sobre la base de este tipo de investigación, Sandseter [ 1 ] escribió, en un artículo de 2011 en la revista Psicología Evolutiva, «Podemos observar un mayor neuroticismo o la psicopatología en la sociedad si los niños se ven obstaculizados para participar en los juegos arriesgados adecuados a su edad». Ella escribió esto como si se tratara de una predicción para el futuro, pero he revisado los datos en Free To Learn y en otros sitios [ 5 ] – que indican que éste futuro ya está aquí, y ha sido desde hace tiempo.

En resumen, la evidencia es esta. En los últimos 60 años hemos sido testigos, en nuestra cultura, de una disminución continua, gradual y últimamente dramática de oportunidades para los niños de jugar libremente, sin control de los adultos y especialmente en sus oportunidades de jugar de forma arriesgada. Durante los mismos 60 años, también hemos sido testigos de un aumento continuo, gradual, y últimamente dramático en todo tipo de trastornos mentales de la infancia, especialmente trastornos emocionales.

EscaladaVuelve a la lista de las seis categorías de juego arriesgado. En la década de 1950, incluso los niños pequeños jugaban regularmente de todas estas maneras y los adultos esperaban y  permitían este tipo de juego (aunque no siempre estaban contentos con él). Ahora los padres que conceden estos juegos probablemente serían acusados ​​de negligencia, por parte de sus vecinos si no por las autoridades estatales.

Aquí, como paréntesis ciertamente nostálgico, están sólo algunos ejemplos de mi propio juego, como un niño en la década de 1950:

• A la edad de 5 años, dí paseos en bicicleta con mi amigo de 6 años por todo el pueblo donde yo vivía y por los campos de los alrededores. Nuestros padres nos dieron algunos límites en cuanto a cuando teníamos que estar de vuelta, pero no limitaban nuestro ámbito de movimiento (y, por supuesto, no teníamos teléfonos móviles entonces, no había forma de contactar con nadie si nos perdíamos o lastimábamos).

• A partir de los 6 años en adelante, todos los demás chicos que conocía y yo, llevábamos una navaja de bolsillo. Lo usábamos no sólo para tallar, sino también para los juegos que involucraban lanzamiento de cuchillos (nunca el uno al otro).

• A los 8 años, recuerdo, a mis amigos y yo pasando las horas de los recreos y el almuerzo practicando lucha libre en la nieve o la hierba en un despeñadero cerca de la escuela. Tuvimos torneos que organizamos nosotros mismos. No hubo maestros u otros adultos que prestasen atención a nuestra lucha, o, si lo hicieron, nunca interfirieron.

• Cuando tenía 10 y 11, mis amigos y yo pasábamos todo el día patinando y de excursión esquiando los 5 kilómetros de largo del largo lago que rodeaba nuestro pueblo del norte de Minnesota. Llevábamos cerillas y ocasionalmente parábamos en las islas para construir fuegos y calentarnos, pues pretendíamos ser valientes exploradores.

• Además, cuando yo tenía 10 y  11 años, se me permitió hacer funcionar la gran y peligrosa impresora alimentada a mano en la imprenta donde trabajaban mis padres. De hecho, a menudo los jueves faltaba a a escuela (en 5 º y 6 º), para imprimir el periódico semanal de la ciudad. Los maestros y el director nunca se quejaron, al menos no que yo sepa. Creo que sabían que yo estaba aprendiendo lecciones más valiosas en la imprenta de lo que había en la escuela.

Tal comportamiento era común en los años 1950. Mis padres pudieron haber sido un poco más confiados y tolerantes que la mayoría de los otros padres, pero no por mucho. ¿Cuánto de esto sería aceptable para la mayoría de los padres y otras autoridades adultas hoy? He aquí un índice de hasta qué punto hemos avanzado: En una encuesta reciente de más de mil padres de familia en el Reino Unido, el 43% cree que los niños menores de 14 años no deben salir a jugar fuera sin supervisión, y la mitad de éstos creen que no deberían permitir esa libertad hasta por lo menos los 16 años de edad! [6]. Mi conjetura es que si esa encuesta se hiciera en los Estados Unidos la respuesta sería la misma. Aventuras que solían ser normales para niños de 6 años ya no se les permite incluso a muchos adolescentes.

Como ya he dicho, en el mismo período de tiempo que hemos visto una disminución dramática en la libertad de los niños para jugar, y sobre todo en su libertad para abrazar el riesgo, hemos visto un aumento igualmente dramático en todo tipo de trastornos mentales de la infancia. La mejor prueba de esto viene de los análisis de las puntuaciones en los cuestionarios de evaluación clínica estándar que se han dado en forma inalterada a los grupos normativos de los niños y jóvenes a través de los años. [5] Estos análisis revelan que hay de cinco a ocho veces más jóvenes que hoy sufren de niveles clínicamente significativos de ansiedad y depresión, según los estándares de hoy en día, lo que era cierto en la década de 1950. Así como la degradación de la libertad de los niños a abrazar el riesgo ha sido continuo y gradual, también ha sido el aumento de las psicopatologías infantiles.

La historia es a la vez irónica y trágica. Privamos a los niños de juego libre y arriesgado, supuestamente para protegerlos del peligro, pero en el proceso los hemos expuesto a crisis nerviosas. Los niños han sido diseñados por la naturaleza para aprender por sí mismos la resistencia emocional al jugar de maneras arriesgadas que inducen a las emociones. A la larga, les exponemos al peligro mucho más mediante la prevención de este tipo de juego que permitiendoselo. Y los privamos de diversión.

Jugar, para estar seguro, tiene que ser juego libre, no forzado, administrado, o empujado por los adultos.

Los niños están muy motivados para jugar de manera arriesgada, pero también son muy buenos en conocer sus propias capacidades y evitar riesgos que no están listos  para tomar, ya sea física o emocionalmente. Nuestros hijos saben mucho mejor que nosotros para lo que ellos están preparados. Cuando los adultos presionan o incluso animan a los niños a asumir riesgos para los que no están preparados, el resultado puede ser un trauma, no emoción. Hay grandes diferencias entre los niños, incluso entre aquellos que son similares en edad, tamaño y fuerza. Lo que para uno es emocionante puede ser traumático para otro. Cuando los profesores de educación física piden a todos los niños en una clase de gimnasia subir por una cuerda o un palo hasta el techo, algunos niños, para los cuales el desafío es demasiado grande, experimentan  el trauma y la vergüenza. En lugar de ayudarles a aprender a escalar y experimentar las alturas, esto los aleja para siempre lejos de tales aventuras. Los niños saben dosificarse a sí mismos con la cantidad justa de miedo, para ellos, y para tener ese conocimiento para actuar deben estar a cargo de su propio juego. [Entre paréntesis, he de señalar que un porcentaje relativamente pequeño de los niños son propensos a sobreestimar sus habilidades y lastimarse repetidamente a sí mismos en el juego arriesgado. Estos niños pueden necesitar ayuda para aprender moderación.]

Un hecho irónico es que los niños son mucho más propensos a lesionarse en el deporte dirigido por los adultos que en el elegido libremente por ellos, el juego auto-dirigido. Eso es debido a que el estímulo de los adultos y la naturaleza competitiva de los deportes llevan a los niños a tomar riesgos – tanto de hacerse daño a sí mismos y de herir a los demás – que no iban a optar por tomar en el juego libre. También se debe a que se les anima, en este tipo de deportes, a especializarse, y por lo tanto el uso excesivo de músculos y articulaciones específicas. Según los últimos datos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, más de 3,5 millones de niños al año por debajo de los 14 reciben tratamiento médico para las lesiones deportivas. Eso es alrededor de 1 de cada 7 niños que participan en los deportes juveniles. La medicina deportiva para los niños se ha convertido en un gran negocio, gracias a los adultos que animan a lanzadores jóvenes a tirar tan fuerte y tan a menudo que dislocan sus codos, animan a jugadores de fútbol americano a golpear con tanta fuerza que tienen conmociones cerebrales, animan a jóvenes nadadores a practicar tan a menudo y duro que ven lesionados sus hombros hasta el punto de necesitar cirugía. Los niños que juegan por diversión rara vez se especializan (disfrutan la variedad en el juego), y se detienen cuando les Deportesduele, o cambian la forma en que están jugando. También, porque es todo por diversión, se cuidan de no lastimar a sus compañeros de juego. Los adultos, que envuelven todo en ganar y tienen la esperanza de conseguir becas eventuales, trabajan en contra de los medios naturales para la prevención del daño. [7]

Así que, les evitamos a los niños su propio, auto- elegido, juego emocionante, creyendo que es peligroso, cuando en realidad no es tan peligroso y tiene beneficios que superan a los peligros, y luego alentamos a los niños a especializarse en un deporte de competición, donde los peligros de lesiones son realmente muy grandes. Es el momento de reexaminar nuestras prioridades.

Referencias

[1] Sandseter, E. (2011). Children’s risky play from an evolutionary perspective.  Evolutionary Psychology, 9, 257-284.

[2] Spinke, M., Newberry, R., & Bekoff, M. (2001). Mammalian play: Training for the unexpected. The Quarterly Review of Biology, 76, 141-168.

[3] e.g. Pellis,S., & Pellis, V. (2011).  Rough and tumble play: Training and using the socialbrain.  In A. D. Pelligrini (Ed.), The Oxford handbook of the development of play, 245-259. Oxford University Press.

[4] LaFreniere, P. (2011). Evolutionary functions of social play: Life histories,sex differences, and emotion regulation.  American Journal of Play, 3, 464-488.

[5] Gray, P. (2011). The decline of play and the rise of psychopathology in childhood and adolescence. American Journal of Play, 3, 443–463.

[6] Referenced in Burssoni, M., Olsen, L., Pike, I., & Sleet, D. (2012).  Risky play and children’s safety: Balancing priorities for optimal development.  International Journal of Environmental Research and Public Health, 9, 3134-3148.

[7]  For an excellent book on the harm adults cause to children in youth sports, see Mark Hyman’s Until It Hurts

Artículo original publicado el 7 de Abril de 2014 en Freedom To Learn:

Risky Play: Why Children Love It and Need It

Autor: Peter Gray

Traducción: Sergio Pfoertzsch Biet

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