Cuando hablamos de educación a veces nos centramos en la forma: proyectos, actividades más o menos creativas, zonas de experimentación, etc. La configuración del espacio y del material que se ofrece a la Infancia genera diversas realidades más o menos respetuosas que ponen en evidencia algo más profundo: la piel del educador o de la educadora.

La mirada que tiene para construir este espacio y elegir estos materiales es sin duda una manifestación de lo que el docente es y no sólo de lo que sabe. También es cierto que en los entornos menos favorables a la Infancia, los docentes no puede elegir el espacio, el material e incluso la forma de abordar algunos temas o contenidos. Y es en estos casos cuando lo único que queda es la piel del docente.

La piel del docente es la sensibilidad para ajustarse a los niños y niñas con los que convive; la permeabilidad para escuchar, observar y facilitar qué necesitan o necesitarán en su proceso;  el respeto y la sutileza de estar sin estar.

Este simple y a la vez complejo concepto marca la diferencia educativa. Podemos estar en contextos educativos completamente favorables a la Infancia y contar con adultos con una piel poco permeable. O podemos estar en contextos desfavorables donde los adultos tienen una piel sutil completamente orientada al desarrollo de la Infancia.

Las formas y variedades de contextos son infinitas pero lo que es seguro es que la piel del docente matizará todo aquello que se genere. La mirada del adulto, modificará lo observado. Sólo por esto, deberíamos poner nuestra conciencia y nuestro trabajo personal en mirarnos y ver cómo es nuestra piel. Así, independientemente de en qué contexto estemos, sabremos que vamos a facilitar y potenciar lo mejor para la Infancia.

 

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