Nuestro centro escolar se encuentra en un enclave privilegiado y es que nada más cruzar la calle entramos en lo que se conoce como el pulmón verde de Madrid, la Casa de Campo, más de 1722 hectáreas de pinares, riachuelos, estanques, calma y naturaleza.

Basta adentrarse unos cientos de metros para conectar con el lenguaje de los árboles, el canto de las diferentes especies de pájaros y el correteo de ardillas, liebres, ratoncillos y si la fortuna te sonríe, quizás algún zorro.

Después de estos datos es difícil pensar en no utilizar este recurso tan maravilloso de manera habitual, pero la realidad es que la rueda de la rutina escolar nos absorbe de tal manera que es difícil salir de ella. Con la evaluación de final de curso todos los años planteamos como objetivo para el año siguiente hacer más uso de este recurso, pero hasta ahora no habíamos conseguido sistematizarlo.

Septiembre se presentó caprichoso y no pudimos dar de lado a esa inquietud que llevaba años demandando un proyecto con continuidad a lo largo del curso para salir más a la Casa de Campo. Y así, nos propusimos ir todos los viernes al campo con los niños y las niñas de tres años.

Como todo proyecto nuevo, necesitaba una fundamentación que le diera la solidez y las bases necesarias para poder incluirlo en nuestras programaciones anuales. Y es que, salir al campo porque sí no vale si estás en un entorno en el que el currículo “de-manda”.

Diseñamos unos objetivos que se ajustan a la perfección a las tres áreas de Educación Infantil:

  • Trabajar la seguridad, autonomía y responsabilidad a la hora de salir fuera del colegio.
  • Favorecer el desarrollo psicomotor de los niños y las niñas, ayudándoles a estar más equilibrados.
  • Ofrecer a los niños y niñas la posibilidad de pasar más horas al aire libre, aumentando las horas de actividad física y favoreciendo hábitos de vida saludable.
  • Proporcionar experiencias que les ayuden a conocer sus propias limitaciones y que les ayuden a incrementar su seguridad y autoestima.
  • Favorecer la capacidad de exploración y creatividad, lo que ayuda a un mejor desarrollo cognitivo y emocional. En definitiva, a ser más curiosos/as.
  • Observar y respetar el medio natural.
  • Observar los cambios estacionales.
  • Conocer la fauna y la flora de nuestro entorno.
  • Ayudar a los niños y niñas a conectar con el medio natural para que aprendan a cuidarlo y protegerlo.
  • Proporcionar experiencias que faciliten la ampliación de recursos a la hora de resolver dificultades.
  • Acercar a los niños y niñas a una forma de juego que se está perdiendo con el paso de los años.

El proyecto estaba en marcha y las maestras teníamos ganas suficientes y el apoyo e ilusión de las familias. Pero nos enfrentamos a algunas dificultades que no habíamos tenido en cuenta.

Nuestras niñas y niños eran de tres años, con lo cual era su primer año en la escuela. Antes de plantearnos salir a la Casa de Campo necesitábamos generar un vínculo de afecto y seguridad con cada uno de ellos y de ellas, de manera que se encontrasen a gusto en el colegio, con sus nuevos referentes y con sus compañeros y compañeras. Por esta razón, era necesario esperar antes de iniciar la actividad, ya que sacar a un niño/a de su entorno segurizante sin tener unos prerrequisitos bien afianzados puede generar muchas angustias e inseguridades.

Además, las maestras decidimos esperar a iniciar la actividad en el segundo trimestre porque no veíamos a los grupos lo suficientemente preparados y maduros como para salir a la calle de manera relajada y segura. En definitiva, había que afianzar aspectos como: cómo caminar en grupo por la calle, límites y normas y la convivencia entre nosotros y nosotras y con el medio.

También nos enfrentábamos a algunos problemas logísticos, como la falta de personal para acompañar a los grupos. Por esta razón decidimos pedir colaboración de las familias. Creíamos que era importante que las madres y los padres que fueran a acompañar en la actividad tuvieran unas pautas previas para saber lo que esperábamos y necesitábamos, suponiendo que eso también les daría seguridad para actuar ante lo que aconteciera. Os las comparto:

  • Acompaño a todo el grupo, no sólo a mi hijo o hija.
  • Observo e intento disfrutar de lo que acontece, pero intento no condicionar su juego.
  • Estamos en contacto con la naturaleza, dejémosles que investiguen.
  • Ayudamos activamente en ciertos momentos (abrochar abrigos, dinamizar al grupo para cruzar, parar el tráfico, acotar zonas de juego…).
  • Recordamos que son muy autónomos/as, ¡ellos y ellas pueden!
  • Escuchar las normas que marquemos las tutoras y acompañarnos en su cumplimiento.
  • Si surge un conflicto esperar a que pueda darse la posibilidad de que lo solucionen entre ellos/ellas. Si necesitan ayuda, sólo mediamos (no nos posicionamos, ni juzgamos, ni acusamos…).
  • Somos puntuales en la llegada al cole. La organización previa antes de salir es importante.
  • No hacemos fotos. Las tutoras realizarán esta tarea. Recordad que hay que respetar la imagen de los niños y niñas.

Y así, podemos decir que hemos iniciado un bonito proyecto muy enriquecedor no sólo para el grupo y para cada individuo, si no para las maestras y las familias que lo acompañamos.

Os invito a generar propuestas similares en vuestras escuelas, porque los valores que se aprenden en la naturaleza no los alcanzaremos jamás en el aula.

 

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