Sí, se acerca septiembre y parece que todos nos hemos puesto de acuerdo para hablar del inicio de curso, del período de adaptación. Páginas y páginas de consejos y claves de cómo deben actuar las familias, de cómo viven las niñas y los niños el proceso y de cuanto de “normal” tienen sus reacciones; propuestas para el profesorado sobre el inicio de curso y un gran eco para la gran dificultad que suponen estos primeros días de escuela en horarios reducidos para la conciliación familiar (el horario de trabajo no es compatible con el sistema educativo).

Casi todas las perspectivas de este proceso ponen el acento en el niño (faltaría más) y en la familia (necesariamente), pocas veces se hace referencia a las necesidades emocionales del educador que es parte de pleno derecho del período de adaptación, por cuanto somos figuras con las que las criaturas deben interactuar y desarrollar el vínculo afectivo (apego).

En esta línea nos ha gustado mucho como lo describe Quinto Borghi, B., en su libro Educar en el 0-3.

[(…) Tras varios días en los que el niño demostraba que se había adaptado bien y sin particulares problemas, la madre pidió un cambio a la educadora: consideraba que el niño se había integrado bien, que no habían aparecido problemas y que, por eso, podía distanciarse antes de tiempo. La elección de la madre no venía impuesta por necesidades personales o externas, simplemente creía que el niño estaba listo y era ya el momento de dejarlo volar solo.

La educadora de referencia, al recibir esta propuesta, sintió en cambio cierto temor. No estaba de acuerdo, consideraba esta propuesta una transgresión de una regla consolidada. “No te preocupes -insistía la madre- nos conocemos bastante bien y te aseguro que no habrá sorpresas, ya es el cuarto hijo que mando a la escuela y siempre he querido que fuera a esta. Estoy muy tranquila, y mi hijo también lo está porque yo lo estoy. No tiene ningún sentido que respete una rutina y un procedimiento que en este aspecto es meramente formal”.

Entonces la educadora le respondió: “ Todo esto es cierto. El niño se ha integrado bien y afronta bien la nueva situación. Pero la que no se siente cómoda soy yo. Necesito que las cosas procedan tal y como están programadas”]

Y aunque sabemos que aún existen planteamientos obsoletos y rígidos ( “habelos hainos” diríamos en mi tierra) pensamos que es imprescindible abordar el proceso desde una perspectiva más actual: con presencia de las familias en el aula y con ritmos marcados por las niñas y los niños, sin prisas, con espacio para las emociones (las “negativas” también ),e incluso para el silencio (Hoyuelos, A.). Una mirada al período de adaptación partiendo de  la construcción del vínculo afectivo.

Vincularnos…

Con carácter general, los apegos se forman cuando el bebé tiene aproximadamente entre 6 y 7 meses. Es a esta edad cuando los bebés empiezan a enfadarse cuando los separan de su madre, esta respuesta se la conoce como «angustia de separación», y empiezan a ponerse nerviosos en presencia de extraños. Acordaros! No es «mamitis» o «papitis» es un correcto desarrollo evolutivo!

Según Bowlby (El apego y la pérdida, 1969), entre los 6 meses y los 3 años de edad se da un período crítico para la formación de los apegos; es decir, es el período en que los apegos se desarrollan. Hablamos de apegos porque actualmente se reconoce que el niño puede desarrollar apego hacia uno o varios individuos. Por eso son tan importantes los primeros días de escuela, tanto si hablamos de la escuela 0-3 como si lo hacemos para 3-6 (si no hay escolarización previa), porque se convierten en el motor de arranque de relaciones que bien vinculadas ofrecerán la seguridad y confianza necesarias para un buen desarrollo armónico.

Educadoras y educadores somos parte activa del proceso, estamos en la antesala de esa relación futura, que merece tener continuidad. Este es otro de los aspectos que también defendemos: la familiarización a la escuela infantil no puede ser un proceso acabado; el mimo y cuidado en las relaciones, la apertura a las familias, la atención individualizada,…deben tener carácter de continuidad.

Las niñas y los niños no son observadores pasivos, comprenden y sienten mucho más de lo que parece.

Sí, es cosa de todos humanizar el proceso y vivir la experiencia como lo que es: un proceso de vinculación

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