Martiño tiene catorce meses, son las 09.30h de la mañana y le pregunto a su madre si es posible que tenga sueño. El año pasado ya estuvo en el centro,  estos primeros días son duros para todos, para Martiño puede que un poquito más, su mamá está en la escuela pero con otras niñas y niños. Las aulas tienen grandes ventanales, y los patios comunican entre sí, Martiño se arrastra (todavía no camina) por el suelo intentando llamar la atención de su madre. Una educadora lo coge en brazos pero él se enfada y llora más… “En alguna ocasión deberías escribir sobre este tema: educadoras con hijos en su centro de trabajo”, me comentó su madre, mi compañera.

Y empecé a preguntar, y resultó ser un tema complejo, delicado y muy sensible. A algunas educadoras se les hizo un nudo en la garganta y al hablar de su experiencia acabaron llorando.

Las opiniones están divididas entre las que tienen o tuvieron una experiencia positiva y las compañeras que tienen muy mal recuerdo de la situación. Las buenas sensaciones se repiten más en las educadoras que tuvieron la oportunidad de tener a sus hijos dentro del aula o que tuvieron cierta flexibilidad para compartir momentos a lo largo de la jornada; y las sensaciones negativas en el grupo de educadoras que dentro de la escuela no estaban con sus hijas o hijos, que les escuchaban llorar sin posibilidad de consolarlos.

Cuestiones previas

Vamos a intentar ponernos en situación partiendo de la idea de que nunca es fácil sentir en la piel del otro.

Ratios

Sabemos que, como para cualquier otro trabajador, el permiso de maternidad no es tiempo suficiente para dar respuesta a las necesidades de sus bebés, y nuestro colectivo sabe también que las ratios de alumno/educadora son excesivas, así que ya tenemos la primera dificultad: el conocimiento previo de que la escolarización temprana, en estas circunstancias,  no es lo que un niño pequeño necesita. Y eso, queramos o no, ya nos condiciona.

Proyecto educativo

Otra cuestión que evidencia esta situación es la falta de un proyecto de escuela compartido. En más ocasiones de las deseadas, los profesionales aplican, a falta de otros criterios reflexionados, consensuados y compartidos, los propios. Así, la educadora madre (a partir de ahora esta definición incluirá también al educador padre) entra en una especie de ruleta rusa, deseando en la más profundo de su ser que la educadora de su bebé sintonice con su estilo educativo. Estaréis de acuerdo que esta premisa dejaría de ser una cuestión de suerte si todas las escuelas tuvieran criterios sólidos en cuanto a los cuidados de las niñas y los niños. Criterios muy básicos, pero realmente fundamentales para madres y padres: Dejamos llorar? Cogemos en brazos? Alimentación? Chupete? Objetos de apego? Autonomía? …etc.

Relación familia-escuela

Otro aspecto que señalan las compañeras es el sentimiento de ser juzgadas como madres. Todavía es largo el camino que debemos recorrer para que la idea de relaciones bidireccionales desde el respeto y la empatía hacia las familias y viceversa sea una realidad. Tendemos los profesionales de la educación (no sólo los del primer ciclo) a pensar que nuestra idea es la “correcta” y que los errores están en el entorno familiar. O lo que es lo mismo, parece más fácil ver las equivocaciones en los demás (la familia en este caso) sin darnos cuenta que también son nuestros errores porque la gran mayoría del colectivo es madre o padre también. Y esa sensación de ser examinado cuando tu bebé no se consuela, levanta la mano, muerde a un compañero, no “hace caso”…sintiendo la mirada crítica, o escuchando esas frases, que puede que también tú , educadora antes, y educadora madre ahora, hayas dicho también: menuda mamitis! Ufff, que consentido lo tienes! Es que hace de ti un pandero! Todo mimo, no le hagas caso!…incomoda, me atrevería a decir que incluso duele!

Estilo de apego

Y por último, parece bastante claro que el estilo de apego de la educadora madre será clave en esta situación. Mary Ainsworth (1960) encontró tres patrones principales de apego: niños de apego seguro que lloraban poco y se mostraban contentos cuando exploraban en presencia de la madre; niños de apego inseguro, que lloraban frecuentemente, incluso cuando estaban en brazos de sus madres; y niñas y niños que parecían no mostrar apego ni conductas diferenciales hacia sus madres. Más tarde, Main y Solomon (1990), detectaron un cuarto estilo de apego: el desorganizado. Pues estos modelos parece que persisten hasta la edad adulta y pasan de generación en generación, es decir de madres a hijos. Así, los padres seguros o autónomos son sensibles y afectuosos en las relaciones con sus hijos; los padres preocupados muestran interacciones confusas y caóticas, son poco responsivos e interfieren constantemente con la conducta exploratoria del bebé (similar al término actual de padres helicóptero) y por último los padres evitativos tienen un comportamiento para con sus hijos frío e incluso de rechazo.

Teniendo esto presente parece evidente que si las relaciones de apego seguro son las predominantes la situación no supondrá mayor conflicto que los cotidianos en una escuela infantil acostumbrada a la diversidad. Sí, cada niña y niño que nos entra por la puerta es él y sus circunstancias (en este caso su madre trabaja en el centro), en nuestra mano está el verla como contratiempo o como ventaja. La profesionalidad de la pareja educativa, que acoge a la educadora madre y a su bebé, se verá demostrada si es capaz de empatizar y acompañar el proceso, siendo muy sensible con las dificultades que se presenten en el desempeño de su doble rol: educadora y familia a la vez. Sabemos que no es fácil, incluso puede resultar molesto en ocasiones.

Para concluir

Parece paradójico pensar que mientras muchas madres trabajadoras luchan por el derecho a la lactación y son titulares de prensa porque llevan a sus bebés a sus puestos de trabajo para darles de mamar, en nuestro colectivo nos permitimos el debate de si es bueno o malo para el niño estar con su madre. Frente al argumento de la importancia de favorecer la independencia (que lo es), recordemos que el cachorro humano necesita antes de nada sentirse protegido, sentirse seguro, sentirse confiado, y esa es principalmente tarea de su madre.

 

 

 

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