Si hubiera un poco más de silencio, si todos guardásemos silencio… tal vez podríamos entender algo. – Federico Fellini

   Empezando el año parece de lo más tradicional establecer una lista de deseos que nos permita tener ilusión, establecer objetivos y prioridades para que nuestras actuaciones tengan sentido, cierta coherencia.

   Los deseos pueden estar relacionados con el ámbito personal o el profesional, me atrevo a compartir estos últimos. La lista la encabeza las ganas de acallar los ruidos innecesarios que se dan en la jornada diaria en la escuela. En el artículo “El silencio como acogida” de Alfredo Hoyuelos que describe un proyecto de acogida para las niñas y niños de las escuelas infantiles municipales de Pamplona basado en la importancia del silencio podemos leer:

   “En un mundo lleno de sonidos, ruidos y cacofonías el silencio se revela como revolucionario porque no es habitual”.

   Estamos envueltos por una acústica ensordecedora que no nos permite escuchar y por lo tanto nos dificulta la mirada, la empatía y la conexión con la infancia, así que el silencio encabeza mi “lista de los deseos” porque se presenta como una posibilidad de prestar atención a las oportunidades de los lenguajes no verbales que tantas cosas dicen: miradas, sonrisas, manos, movimientos, posturas, colocación en el espacio,… son ingredientes extraordinarios del diálogo, un diálogo que nos acerca o nos aleja si no sabemos interpretarlo.

   Y no significa esta necesidad de silencio acallar la palabra, simplemente evitar su abundancia, que conlleva a un exceso de protagonismo del adulto y que casi siempre va acompañado de pérdida de oportunidades para el niño de descubrir por sí mismo; o modular el volumen que usamos para comunicarnos con la infancia, ¿es necesario hablarles tan alto? Parece que la sensación es que no nos escuchan si no elevamos la voz… es decir, poca confianza en sus posibilidades receptivas. También caemos en el exceso de mensajes porque estamos a la multitarea y es el ambiente que le presentamos a nuestras niñas y niños: conversaciones de adulto mientras juegan, música en la radio, el sonido del teléfono o tono del wassap, las preocupaciones personales que nos hablan en voz baja, la organización de los espacios (muchas veces influenciada por el diseño arquitectónico) que favorecen el barullo, la comunicación poco efectiva cuando mandamos mensajes (voy a evitar la palabra orden) desde la otra punta del aula cuando no hay nada que justifique que nos acerquemos al niño, nos pongamos a su altura y le hablemos,…  elementos que con frecuencia conllevan a que la acústica se vuelve ensordecedora (nos acalla la capacidad de pensar con claridad)

   En la lista hay más deseos pero para este año será esta mi prioridad, porque la experiencia me dice que la ausencia de ruidos innecesarios es un ingrediente fantástico para conseguir otros: conocer mejor a las niñas y los niños, ser capaz de dar respuestas más ajustadas a sus necesidades, mejorar la calidad de los cuidados básicos, más posibilidades de observar (y por lo tanto de registrar, reflexionar y evaluar) y quizás, con todo, a poco que mejore, ser mejor profesional, que ya puestos a desear en nuestra profesión es también desear ser mejor persona.¿O no? ¡Seamos revolucionarias!

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