silvana alaya portada

Una mañana de julio mi hijo de tres años jugaba en la orilla de la  playa cuando nos llamó entusiasmado: “¡Mirad mirad, tengo el mundo!”. Su pequeña pelota azul en su vaivén con las olas había acumulado arena de forma caprichosa y Marcos asoció aquella imagen con el globo terráqueo. Por aquel entonces yo ni siquiera sabía que él tenía conocimiento de la forma de la tierra y en ese momento me acordé de la cita de Francesco Tonucci: “Jugar para un niño es la posibilidad de recortar un trocito de mundo y manipularlo”.

No todo fue casual aquella mañana: vivíamos un momento de calma, de contacto con la naturaleza, un momento sin prisas, sin expectativas. Además yo estaba a cierta distancia de él, estaba de vacaciones y no tenía otra ocupación que observar su juego libre. Cualquier otra mañana si mi hijo hubiese hecho ese descubrimiento, tal vez no me habría dado cuenta de lo que me decía; de lo trascendente que fue para él, de cómo se iluminó su cara ante el hallazgo. Fue su hermana de 9 años quien comenzó a explicarle entonces, que la tierra acumulada en la pelota también era tierra en el planeta, y que la parte azul mojada representaba el agua de los océanos. La auténtica comprensión únicamente surge de la combinación entre esa dosis necesaria de ilusión en combinación con la realidad que nos rodea. A aquella pequeña anécdota le siguieron varias tardes de investigación sobre la tierra y los planetas, muchas preguntas y el hallazgo de un tema apasionante en el que Marcos había involucrado a su hermana de 9 años en un proyecto interetapa de lo más casero. Teníamos tiempo, estábamos en el espacio apropiado y así fue como en aquellos días de vacaciones el disfrute vino acompañado de aprendizaje significativo.

¡Cuántos milagros se dan en el día a día de la infancia y cuántos de ellos pasan desapercibidos a los ojos del mundo adulto! Perdemos demasiadas oportunidades de despertar el gusto por aprender, sumidos en la vorágine de itinerarios preestablecidos alejados de los intereses de la infancia. Sin darnos cuenta dejamos de mirar a los ojos de los niños y las niñas, inmersos en la corrección de cuadernos y ejercicios que homogenizan e invisibilizan talentos.

“El mundo es grande, pero en  nosotros es profundo como el mar”. Rilke

La función social de la escuela

Nosotros estábamos de vacaciones, y este relato solo es una anécdota, no representa la realidad cotidiana de la mayoría de las familias, ni representa obviamente a las familias que no pueden disfrutar de vacaciones. Por ello, es fundamental que la escuela se erija en la institución que garantice este tipo de experiencias a todos los niños y niñas. Crear entornos susceptibles de ser habitados, ofrecer todas las herramientas necesarias para potenciar descubrimientos, acompañar al alumnado en ese proceso favoreciendo su autonomía y el gusto por aprender. La principal misión de la escuela debe ser precisamente cubrir esa función social; es decir, posibilitar que todo el alumnado sea capaz de brillar en algún momento del proceso de aprendizaje. La sensación gratificante que experimente el alumnado será el mejor estímulo para alimentar el aprendizaje presente y futuro.   

Preludio a la remodelación del patio escolar

Escola La Comarcal, Picassent, València

Si pensamos en la escuela convencional, en términos generales, son pocos los espacios donde puede darse este tipo de aprendizaje en un contexto de cierta libertad. Uno de los espacios más apropiados podemos encontrarlo en el patio escolar. Si pensamos en el tiempo de recreo descubrimos un lugar donde los niños y niñas de diferentes edades conviven con adultos que observan sin interferir demasiado, pero el tiempo de experimentación es insuficiente: unos minutos extra tras el almuerzo y de vuelta al aula interior. Los descubrimientos requieren del tiempo suficiente, y se dan más fácilmente si disponemos del espacio y el entorno apropiado.  

Por lo general, el patio escolar suele ocupar un espacio en el que localizamos con facilidad importantes ámbitos de mejora. Un gran número de colegios carece de la suficiente vegetación, mobiliario, estímulos, materiales, desniveles, arena, agua, sombra… No resulta demasiado complicado analizar las carencias a la hora de establecer un plan de mejora sobre su posible remodelación. Coincidiremos en que es necesario acometer mejoras en los patios escolares, pero hay algo mucho más relevante y urgente, algo que a veces pasa inadvertido en las propuestas sobre adecuación del espacio exteriores: los patios mejoran con la presencia de los niños y las niñas. Y a pesar de la aparente obviedad de la afirmación anterior, el aula exterior como recurso está totalmente desaprovechada en la gran mayoría de centros educativos.

El patio escolar como lugar susceptible de aprendizaje

Todo el espacio escolar debe entenderse como lugar susceptible de aprendizaje, también el espacio exterior. Para ello debemos superar la imagen de desfogue con la que en ocasiones se asocia. Cuando la escuela potencia el patio como lugar de experiencias enriquecedoras, el alumnado pierde esa sensación de veto propia del aula interior, el supuesto desfogue se torna innecesario. Cuando el patio se entiende como aula exterior se ayuda a romper con la tradicional separación entre la mente y el cuerpo, se permite el movimiento, el contacto con la naturaleza, se permite habitar la escuela y relacionarse con el espacio; con el entorno y con la personas.

¿Realmente es necesario abandonar el patio a golpe de sirena para a continuación leer en el aula? Resultaría muy fácil permitir que cada cual escogiese un rincón exterior para leer cómodamente, tal y como los adultos lo hacemos en nuestro tiempo libre. Esta sencilla medida no requiere de inversiones y ayudaría a asociar la lectura con el placer.  


Escola Les Carolines. Picassent, València

Disponer de cierto mobiliario mínimo en el exterior como mesas y sillas, facilitaría la realización de trabajos en equipo en el patio, disminuyendo el ruido y la reverberación que generan las conversaciones en el aula interior; acción que podría implementarse en cualquier materia del currículo. Si no es posible disponer de ese material en el patio, podemos involucrar al alumnado en el traslado del mismo; acopiar unas cuantas mesas en el hall del colegio y hacer partícipes al alumnado de su traslado.

No aprovechar el espacio exterior de la escuela supone una merma en el desarrollo del currículo escolar, es como si sistemáticamente nos empeñásemos en diseñar el menú empleando la mitad de los ingredientes.

El juego es un trabajo muy serio para la infancia

La infancia y la adolescencia son las etapas de máxima curiosidad en la vida y es justamente en ellas donde se percibe un mayor alejamiento del placer por aprender. En esta etapa constatamos un desequilibrio bastante generalizado entre la teoría y la praxis. ¿En qué momento deben dejar de jugar nuestros alumnos? ¿Cuántos ejercicios matemáticos se podrían experimentar con piedras y ramas? ¿Cuántos principios físicos podríamos experimentar a través del movimiento?

Sucede con frecuencia que los adultos subestiman el poder de lo lúdico, el juego es para la infancia un trabajo muy serio, es nuestra visión adulta la que pone nombres inapropiados a las acciones. Los/as niños/as se toman muy en serio el juego, invierten esfuerzo en superarse, quieren hacerlo cada vez mejor y son capaces de mantener atención plena a sus actos. Cuando el alumnado está absorto en algo que le apasiona, incluso la disciplina deja de ser un problema.

A veces los docentes podemos caer en la tentación de explicar previamente la teoría adecuada para construir un castillo de arena en la playa. Definitivamente los niños y las niñas tienen mucha paciencia con los adultos y afortunadamente siempre encuentran el camino para desbaratar los proyectos docentes demasiado metódicos. 

Silvana Andrés Salvador
Artista visual y docente. Licenciada en Bellas Artes por la Universidad Politécnica de Valencia (UPV) en 2000. Su trabajo artístico-profesional se ha desarrollado de forma paralela entre la docencia y la creación personal de obra artística. Cofundadora de Arquilecturas: proyecto educativo desde el que se desarrollan contenidos didácticos con el objetivo principal de acercar la arquitectura a los/as niños/as.

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