Es abril un mes que se presta mucho para promover que las familias participen con la escuela contando un cuento en el aula. En este momento del curso la capacidad de atención de las niñas y los niños, el aumento significativo del lenguaje y su manifiesto interés por el mundo de los cuentos son ingredientes que permiten enriquecer las propuestas de actividades relacionadas con el mundo de la literatura.

A algunas familias no hace falta insistirles mucho, en seguida se ofrecen voluntarias; otras tienen más recelos, no porque la actividad no les parezca interesante, parece más bien cierto “miedo escénico”, cuando arrancan las primeras sesiones de cuenta-cuentos familiares las propias niñas y niños tiran de su madre o padre para que ellos también vengan, algunos sencillamente no pueden o delegan la encomienda a los abuelos o incluso los hermanos mayores colaboran. Y aquí es donde me gustaría centrar este relato: en la hermana “mayor” que le cuenta un cuento a su hermano pequeño y a sus compañeras y compañeros de escuela.

Ainara tiene siete años y acompaña a su madre por las mañanas y por las tardes cuando trae y recoge a André, no hizo falta insistirle mucho cuando le propusimos que viniera a contar un cuento por la tarde. Al día siguiente de confirmarnos su asistencia ya tenía claro que cuento nos iba a contar: “¿Le pondremos un bigote?«.

Cuando llegó el día André estaba muy emocionado: “hoy viene mi hermana” repetía. Ainara leyó el cuento, pero no solo eso, lo personalizó para ella y para su hermano pequeño que le hacía la réplica en cada intervención, preparó cada pieza del cuento que fue componiendo a medida que lo iba contando, lo presentó musicalizado y al terminar obsequió a su audiencia con «bigotes».

Asistimos a un momento muy especial, el grupo de niñas y niños que escuchaba el cuento permaneció atento (escucha), para Ainara y André la actividad supuso la implicación de procesos cognitivos tan importantes como la memoria, la creatividad, el lenguaje, la motivación y el aprendizaje. Y por supuesto las emociones jugaron un papel muy importante: sensación de nervios en la espera, la alegría del momento y una emoción nueva para André que por su corta edad es probable que sea de las primeras veces que la siente: el orgullo.

La escuela debiera estar llena de oportunidades como ésta, que crean comunidad, generan vínculos, responsabilidades y una fuerte implicación en los procesos de enseñanza-aprendizaje por parte de las familias y el profesorado.

¡Compartir es el camino!

Cristina Llinares Francisco
Trabaja en la Red de Escuelas A Galiña Azul de Galicia. Actualmente con funciones de dirección en la Escuela Infantil de Vigo Valadares.

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