En el inicio de cada curso escolar las familias que incorporan a sus hijas e hijos por primera vez a la escuela reciben recomendaciones, indicaciones, incluso consejos por parte de los centros educativos, más concretamente, de la persona que ejercerá la tutoría en el aula de sus retoños sobre como deben prepararse para los primeros días de curso. Entre los consejos más repetidos están:

  • La necesidad de hablar de la escuela en positivo, de transmitir seguridad y confianza. Es una de las recomendaciones habituales pero para eso necesitan estar ellas seguras y confiadas. ¿Cómo? Parece que la clave está en la información. Sospecho, por experiencias propias y ajenas, que es un aspecto del proceso con muchas posibilidades de mejora, entre otras cosas porque, a día de hoy, hay muchos centros donde se vive el proceso a puerta cerrada, dónde las familias se quedan al margen. 
  • Compartir tiempos con otras niñas y niños de su edad. ¿Es necesario recordar la importancia de jugar con otras niñas y niños?. ¿Habrá alguna familia que no tenga ningún encuentro socializador con iguales para sus hijas e hijos?. En el caso del primer ciclo, ¿es una prioridad para los más pequeños?
  • Regular los horarios. El principal es el horario de descanso. Ninguna estrategia tendrá frutos si el cansancio asoma desde el minuto uno, y desde luego el ritmo de vida que llevamos las familias no ayuda nada….
  • Favorecer la autonomía. Objetivo propio de la etapa 0-6 como así se recoge en la LOE (art.13). Por lo tanto, la idea principal no debiera ser presuponer que las niñas y niños que empiezan por primera vez la escuela tengan adquiridas ciertas destrezas que les faciliten la vida escolar: como colgar su mandilón, ponerse los zapatos, ir solos al baño , etc. sino buscar estrategias de colaboración y participación de las familias que permitan hacer el camino evolutivo de las niñas y los niños juntos y no en compartimentos estancos.

Pero sobre todo, donde hacemos más hincapié es en la importancia de la incorporación progesiva, convirtiéndola en el eje central de las medidas para el “éxito” del proceso al que denominamos período de adaptación.

Y aquí entran una vez más nuestras contradicciones: por un lado recordamos a las familias la importancia de que sus hijas e hijos tengan rutinas, la palabra rutina (etimológicamente significa “hacer siempre el mismo camino”, del francés routine) está muy vinculada a los tiempos, a hacer siempre lo mismo; y por otro lado establecemos tiempos de incorporación progresiva que nada tienen que ver con la route (ruta). Pongo algunos ejemplos de propuestas de incorporación progresiva que se dan en los dos ciclos que estoy segura más de uno reconoceréis (como sujetos activos o pasivos):

  • Organizar grupos pequeños por orden alfabético para la entrada progesiva de los primeros días. La niña y el niño que se apellidan Álvarez empiezan el primer día del proceso, los Vázquez tienen un tiempo de incorporación más breve. En esta fórmula es evidente que no se tienen en cuenta las características evolutivas de las niñas y los niños. ¿Puede ser que algún Rodríguez o Sánchez sea, por poner un ejemplo, de diciembre y necesite más tiempo por una cuestión de madurez para afrontar el proceso?
  • Ir en progresión de tiempos pero en diferentes momentos de la jornada. Pues de lunes a miércoles vamos de 09.00 a 10:00, el resto de la semana aumentamos un poquito y vamos de 10.00 a 11.30, en la segunda semana empezamos de 11.30 a 13:00 y la terminamos de 09:00 a 13:00h. El objetivo es que se familiarice con todos los momentos de la jornada, que pueda estar con todas las compañeras y compañeros porque a esta fluctuación de horarios le podemos sumar el cambio de compañeras y compañeros, ya que mezclamos los grupos para que se conozcan todas y todos. A mayores de dificultar organizativamente el proceso a las familias, la adquisición del ritmo de vida cotidiana se complica para el niña o niño: a las 09.00 de la mañana las propuestas son diferentes que a las 11.30, en el primer ciclo por ejemplo, ya con los preparativos del momento de comedor.  La oscilación de tiempos para que conozca todas las situaciones impedirá que reconozca y pueda sentirse seguro con el transcurrir cotidiano en el momento de su llegada.
  • Tenemos también la incorporación progresiva con paradas: lunes y martes va un grupo y el resto de la semana otro grupo, ¿y las niñas y niños del lunes y martes? ¡pues descansan hasta la semana siguiente! Tengo una anécdota para ilustrar el ejemplo: la hermana pequeña de un compañero de mi hijo desde recién nacida iba con su madre a llevar y a recoger a la escuela, a su hermano mayor todos los días del curso, todos. En el último trimestre previo a empezar ella y el  hermano pasar para primaria, conocieron que la profesora de infantil de su hermano cogía el grupo de P3, así que los saludos y complicidades entre la maestra y la niña se hicieron más frecuentes, incluso llegó a entrar en el aula ante la insistencia de la niña de conocer, de pasar la puerta. Expresiones del tipo: “para el año ya vienes tú”, “serás mayor”, etc, fortalecieron el deseo de la niña que se mantuvo hasta el inicio del curso en septiembre; ¡ah, pero la niña tuvo que esperar! Empezó el hermano y  a ella no le tocaba incorporarse todavía, dos eternos días de espera a los que se sumaron la parada que le tocó hacer después de los dos primeros encuentros, y la niña se quedaba llorando porque no le tocaba cole…Ilustra el ejemplo, que manifestando las niñas y los niños claras señales de no necesitar pasar por tiempos de incorporación progresiva, la necesaria planificación del proceso, se hace rígida y poco flexible, perdiendo oportunidades de personalizar el momento.
  • En el ámbito 0-3 la práctica más habitual (la cercana a mi entorno) es establecer la incorporación progresiva en tiempos cortos e ir aumentándolos progresivamente. Empezar con media hora, 45 minutos, una hora,…en el mejor de los casos con el acompañamiento de un familiar (no siempre puede ser la madre o el padre), y aunque llevamos muchos años favoreciendo el proceso con el acompañamiento de la familia y es nuestra intención personalizar el proceso aumentando los tiempos en función de cada niña y niño, sospechamos de cierta incoherencia también en nuestro proceder. Si las familias están en el aula para dar soporte emocional a sus hijas e hijos y para que se active el sistema de exploración y no el de miedo a los extraños (Bowlby, 1969), ¿es posible que tiempos de 30, 45 ó 60 minutos sean suficientes para vincularse con un nuevo adulto? Si todo lo jugamos a 10 días lectivos (así lo indica la orden  que establece el calendario escolar para cada curso académico) el salto temporal que damos es enorme de la media hora del primer día a toda la jornada del día 10 (recordamos que el primer ciclo pueden tener una jornada máxima de 8 horas, incluso de diez con causa justificada). Por suerte siempre contamos con la disponibilidad de las familias porque en muchas ocasiones es necesario la pausa, no seguir avanzando en tiempos. Habitualmente a mitad de la mañana la angustia asoma, el abrazo de la madre o del padre se hacen imprescindibles, la disponibilidad de ese nuevo adulto no les es suficiente entre otras cosas porque hay un adulto, con suerte dos, para 8, 13 o 20 niñas y niños con las mismas necesidades afectivas (en mayor o menor medida pero demandando miradas, sonrisas, complicidades, abrazos…). Y sí, las familias lo entienden, empatizan, desean acompañar a sus hijas e hijos pero muchas no pueden, y es una realidad que la escuela no puede obviar.

Así que aunque no dudamos en absoluto de la necesidad de tiempos de incorporación progresiva para este proceso (¿os imagináis el inicio de una relación de pareja donde se pase del primer encuentro a la convivencia al día siguiente?, ¿a que nos damos un tiempo para conocernos?), sí que pensamos que no es suficiente, no es garantía de un proceso respetuoso con las niñas y los niños. Es fundamental por tanto potenciar otros ingredientes, principalmente la disponibilidad del adulto que acoge. Su capacidad de estar para esa niña y niño que llega nuevo determinará que su experiencia sea vivida con recelo, angustia o miedo o por el contrario con curiosidad, asombro, confianza, iniciativa e ilusión. Es, sin duda, el ingrediente principal, todos los demás ingredientes que forman parte de este proceso dan soporte a lo que realmente importa: la vinculación de la niña y niño con un nuevo adulto de referencia.

No parece una ruta sencilla ni para niñas y niños, ni para sus familias ni para los profesionales de la infancia que cada inicio de curso bregan con tanta gestión emocional.

¡Empezamos! Ojalá todos consigamos ser suficientemente buenos.

Cristina Llinares Francisco
Trabaja en la Red de Escuelas A Galiña Azul de Galicia. Actualmente con funciones de dirección en la Escuela Infantil de Vigo Valadares.

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