Cuenta Ovidio que Pigmalión, rey de Chipre, esculpió una estatua de mujer tan perfecta que se enamoró de ella. Fue tan grande su deseo y tantos los abrazos y besos que dio al mármol frío que aquella figura cobró vida.

Más contemporáneo es el cuento de Pinocho, el famoso muñeco de madera que, por arte de magia y amor, se convirtió en un niño de verdad. En ambos casos, fue el amor y el deseo los que dieron vida. Sigue vigente, hoy día, esta historia. Los mitos siempre nos persiguen, hasta que aprendamos sus enseñanzas.

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Recuerdo a una alumna diagnosticada con TEA que, a pesar del rechazo social que manifestaba (porque lo sentía como agresión, ya que no integraba tantas sensaciones de golpe), a base de besos cuidadosos, abrazos livianos, miradas de soslayo, juegos emotivos y gente cariñosa a su alrededor, se volvió de lo mas sociable y se enamoró de una chico de su clase, y no dejaba de abrazarlo a todas horas.

Y es que esta chica tenía una familia que creía en las posibilidades de su hija a pesar de del diagnóstico. Porque una cosa es lo que es, que se aprende en las universidades, porque eso es lo que dice la ciencia, que sabe sobre lo que sus métodos les permiten, y otra, muy distinta, lo que puede llegar a ser. Y eso sólo se siente desde el amor incondicional.

Otra madre de un alumno, que había sido diagnosticado como TEA a los dos años y, después de pasar los tres cursos de infantil en mi aula, le despojaron del diagnóstico, me dijo: “Y ahora, quien me quita a mí los viajes a Madrid, las noches en vela, y las lágrimas derramadas”.

Y es que hay que tener paciencia antes de poner etiquetas a la infancia. Describamos dificultades y trabajemos en ellas. Pero no hay que lanzar juicios paralizantes antes de tiempo.

Tengo siempre presente a un chico de mi colegio con diagnosticado de asperger que fue esculpido diariamente con el amor y el deseo de sus padres y su maestro; y la distante y fría relación que ese niño mostraba se convirtió, a causa de abrazos y caricias, en cálido amor y cariño para quienes le rodeaban.

También recuerdo a otro alumno de 3 años, muy impulsivo, que el abrazo diario era lo único que lo paraba. Porque no tenía un trastorno de hiperactividad, sino que estaba derramado y necesitaba abrazos que juntaran sus pedazos.

Y es por eso que hago caso, como maestro, a las escultoras de vida. A quienes tienen expectativas sobre sus vástagos, a quienes dan amor y esperanza: a las familias. Puede que no sepan de educación, puede que creen falsas expectativas, puede que estén equivocadas…; pero si tienen deseos y dan amor convertirán el frio mármol en cálidas personitas. Es el efecto Pigmalión.

Hoy lo llaman expectativa o profecía autocumplida. Así es como, gracias a compartir la visión de las familias, mis alumnas y mis alumnos llegaron a ser lo que son, y llegarán hasta donde nunca imaginemos.

He aprendido que las cosas no son siempre como creemos. Es verdad que tampoco son como queremos que sean. Pero existe un punto intermedio que podemos llamar espacio de expectativas educativas. Si lanzamos miradas positivas mejoran los resultados, pero si creamos expectativas negativas limitamos el desarrollo.

Y es que los educadores no hacemos ciencia sino que creamos futuro. Las maestras y los maestros somos como Pigmalión y Gepeto, escultores que junto a las familias, armados de palabras, caricias y amor, vamos tallando la personalidad de la infancia para un futuro esperanzador.

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