Educación y familias

¿Qué pasaría si se terminara el curso académico?

Nada, absolutamente, nada. Estamos viviendo una situación excepcional en la que todos los estudiantes, con independencia de la etapa educativa en la que se encuentre, deben ser entendidos desde el enfoque que ofrece la atención a la diversidad. Diversidad, puesto que no todos los estudiantes tienen los mismos medios para hacer frente a las exigencias educativas que se están planteando. Diversidad, porque cada uno cuenta con una casuística familiar que condiciona sus posibilidades reales de seguimiento académico. Diversidad, porque no todos presentan la madurez necesaria para afrontar el reto que supone la modalidad de e-learning. Diversidad, porque sin entorno educativo y sin el rol vivo de los maestros, resulta casi imposible establecer una rutina similar a la que están acostumbrados, la cual le da sentido a todo.

Ese entorno educativo, entendido como el escenario específico en el que se desarrollan los roles de maestro y estudiante, son el marco necesario e insustituible para que se puedan desarrollar las actividades y situaciones académicas y sociales deseadas.

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Sin entorno, no hay rol. Sin rol, no hay motivación. Y sin motivación, no hay nada. 

En esta situación, se está planteando que los padres y las madres asuman el rol de profesional del aprendizaje, se está planteando que una habitación se convierta en escenario educativo. Se está planteando que la motivación por aprender de los estudiantes sea la misma en soledad que en un espacio compartido con su grupo social de referencia. Se está planteando que los hermanos, en caso de tenerlos, suplan al entorno social que se desarrolla en el centro educativo. Se está planteando lo implanteable.

La ley educativa contempla una situación cuyos destinatarios son los estudiantes que se encuentran en el circuito específico de atención a la diversidad, que puede ser aplicable a esta situación: flexibilizar el currículo, trasladando los contenidos al curso siguiente.

Si se puede plantear esta opción para una minoría sin que afecte de manera negativa al curso académico y al grupo de clase, ¿por qué no plantearlo ahora que la situación afecta a todos, sin distinción?

Yo soy madre, no maestra, y yo elijo jugar con mis hijos. No puedo sustituir a sus profesores (ni quiero), mi formación no es la adecuada y el vínculo que me une a ellos impide que pueda ejercer como tal. Faltan todos los ingredientes indispensables para que la receta pueda salir bien.

Los maestros NO pueden sustituirse, no son reemplazables, no podemos caer en este error. Su labor es esencial. Y no, una pantalla no transmite nada. Del mismo modo que una tarea hecha en casa no transmite nada. Para valorar la adquisición de aprendizajes y competencias, no se puede centrar la atención únicamente en el resultado final. El proceso es fundamental, poder ver cómo es ese camino es la clave para poder orientar, guiar y motivar a cada estudiante para que puedan obtener un buen resultado. Y esto, es labor de un profesional, formado y preparado para ello.

Como madre, me gustaría recibir propuestas lúdicas, propuestas que me permitan disfrutar de este tiempo en familia y que refuercen los lazos y vínculos que quizá la dinámica habitual no nos permite establecer.

Cada día que sumamos en casa, el estado de ánimo de todos se resiente un poco más. Necesitamos jugar, divertirnos, reírnos, al fin y al cabo, necesitamos pintar con colores un presente gris y preocupante, y la mejor herramienta para conseguirlo es el juego.

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