Cuando volvamos a la escuela nuestra adaptación a ella debido a la nueva situación, marcada por los criterios de la salud pública, será tan diferente que la escuela se antojará otra.

Durante estos días de encierro, tan diferentes a los otros días antes del confinamiento, hemos intentado no perder el vínculo con las familias estableciendo vías de comunicación que nos permiten cierta retroalimentación y comprobar que la mayoría de niñas y niños y su entorno están en situación de bienestar, aunque no podemos hablar en términos absolutos porque algunas familias han optado por desconectar o simplemente no pueden hacerlo. Las familias envían fotos de sus niñas y niños en casa haciendo actividades juntos, compartiendo risas y juegos; y las imágenes nos devuelven una infancia feliz lejos de las preocupaciones adultas por la pandemia. Sospechamos que la nueva situación no es tan lamentable para ellos, a muchos les ha devuelto la oportunidad de recuperar un tiempo en familia que desconocían, diluido en la cotidianidad anterior a la crisis sanitaria, por las prisas de las obligaciones laborales, escolares o sociales.

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La otra cara de la moneda son las niñas y niños que pasan el confinamiento en entornos que no son seguros: relaciones familiares nocivas, condiciones económicas precarias, situaciones de habitabilidad pésimas… esto es lo dramático, que las circunstancias de vida no garanticen todos sus derechos. Es uno de los motivos que nos invita a pensar que la escuela, aunque sea otra, diferente a la que conocemos, es una oportunidad para la infancia y que nos toca a todas las personas implicadas desplegar profesionalidad e ingenio para ofrecer contextos ricos de experiencias que esquiven con garantías y sensibilidad pedagógica las prioritarias y necesarias medidas sanitarias que eviten el contagio.

Pensar en el distanciamiento social en educación es como teletransportarse a otra dimensión, especialmente en la etapa 0-3. ¿Es posible imaginarnos a un niño de 10 meses aprendiendo las cualidades de los objetos sin llevarlos a la boca? ¿A una niña de 15 meses acercarse a su profe y pedirle un colo con la mirada y no dárselo? ¿ O un niño de 28 meses intentando ayudar a otro más pequeño a sonarse la nariz y no dejarle? Son mínimos ejemplos de una jornada diaria, que revestida de protocolo, no podrá regular, aunque lo intente, las acciones espontáneas de niñas y niños. ¿Y que quedará de la escuela si el miedo se apodera de los profesionales y familias? ¿Cuáles serán las condiciones de su aprendizaje? ¿Cuáles sus condiciones de vida?

Mientras esperamos por la vacuna lo responsable será buscar alternativas que minimicen los efectos de unas relaciones sociales sin contacto físico, pero que no puede, ni debe, renunciar a los afectos. La infancia tiene mucha capacidad para adaptarse y correremos el riesgo de que al final del camino las cosas importantes no regresen.

Ahora, más que nunca, tocará sostener, tocar, reír con la mirada y abrazar con las palabras.

6 Comentarios

  1. Gracias por el articulo. Creo q si somos capaces de transformar e innovar la escuela, tambien debemos confiar en que niños, familias, maestros y educadoras, nos adaptaremos a la nueva situacion. No serà fàcil pero no es imposible. Se hace necesario mas que nunca, mirar la solucion y no el problema. Animo!

  2. Totalmente dacordo, nos queda agora un grande esforzo para adaptar as nosas escoliñas aos protocolos sanitarios pero, debemos defender a nosa esencia, a esencia da infancia, o medo non pode pasar por riba das necesidades de desenvolvemento das nenas e nenos e non podemos deixar que desnaturalice as relacións sociais na escola. Prudencia si, coidado tamén, pero sen perder a flexibilidade indispensable para respectar a diversidade e as distintas etapas da vida humana, porque nos espazos de atención a persoas adultas, deberían imperar os mesmos criterios. Grazas por abrir camiño á reflexión.

    • Gracias! Dentro da complexidade da situación toca situarse nas posibilidades de cambio, de mellora, de aprendizaxe…

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