La escuela infantil es un centro educativo que escolariza niños de edades tempranas y, por tanto, es uno de los lugares en los que habitualmente se suelen detectar las dificultades y detenimientos que indican alguna problemática en la adecuada evolución de los niños. La consulta del pediatra es otro de ellos.

A veces los maestros observamos que alguno de nuestros alumnos no logra adaptarse a la escuela, o seguir el ritmo de sus compañeros de edad, ya sea en el aprendizaje, como en las relaciones con los demás, en la tolerancia a la frustración, en los hábitos cotidianos: comida, sueño, control de esfínteres… O bien vemos que tiene comportamientos que no son acordes a su edad, o que le originan malestar y sufrimiento: miedos excesivos, conductas agresivas, movimientos desmedidos, pasividades, ausencias, apatía, tristeza, regresiones…

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En estos casos convendría dedicar un tiempo a realizar una observación más exhaustiva, anotar lo observado, pedir opinión a otros maestros del centro… También sería bueno hacer una entrevista con los padres del niño para recoger información y contrastar las miradas sobre lo que el niño hace en casa y en la escuela, intentando, si es que se pudiera, formular alguna hipótesis útil sobre las dificultades que hay, sus posibles causas y la manera de abordarlas de cara a su resolución.

Después se desplegarían las estrategias que presumiblemente contribuirían a ayudar al niño a salir de su problemática, se daría un margen de tiempo y se haría un seguimiento para ver si se alcanzan o no los resultados pretendidos. Al notar el niño el interés y la demanda conjuntos de sus padres y sus maestros, además de algunos cambios de actitud que se desprenden de la toma de conciencia de las dificultades del niño, puede ser que haya mejoras. Sin embargo, a veces no es así. Y entonces, ante el no saber qué le pasa al niño, o cómo ayudarlo, es cuando se plantea hacer una derivación a un especialista.

¿Derivar desde la escuela infantil?

Enviar desde la escuela infantil a un niño al psicólogo es una de las posibilidades de ayuda que da buenos resultados en general, ya que en las primeras edades, el niño es aún muy maleable y su personalidad no ha acabado de asentarse y consolidarse, por lo que los cambios que pueden darse son más sencillos de lograr. Pero la decisión de ir al psicólogo ha de ser tomada por los padres, lo cual indicará que conocen el problema, y que ya han intentado solucionarlo, pero que consideran que necesitan alguna orientación.

Ver que algo pasa y pedir ayuda para el hijo mejore es una decisión costosa y hay que entender que a los padres les cueste tomarla, ya que socialmente no está demasiado bien visto acudir a este tipo de ayuda. Para algunas personas ir al psicólogo suena a trastorno mental, a otros les suena a magia, a otros a dependencia…

Existen otras opciones también, como intentar arreglar el problema a base de adiestramiento, o bien esperar a que el tiempo cambie las cosas, confiando en que el niño madure y supere las dificultades con ayuda de la familia, o a partir de sus propios recursos. Y en algunos casos leves es posible que sea así, pero en otros no. Discriminar si la problemática que muestra el niño es o no grave es algo difícil para cualquier profesional, pero mirar hacia otro lado ignorando que algo ocurre, en ocasiones deja al niño en una posición de riesgo.

Por poner algunos ejemplos clarificadores. Si la maestra nota que uno de sus alumnos se muestra nervioso, muy movido, inquieto, o distraído, esto puede deberse a múltiples causas, y es cosa de ponerse a averiguar, de marcar bien los límites, de comentar con la familia el comportamiento, de contener al niño, y de esperar los posibles cambios.

Pero cuando la maestra alerta a los padres porque su niño de dos años no atiende cuando se le habla, no mira a los que le ofrecen cosas, no juega, no empieza a decir alguna palabrita, o porque se pasa el rato mirándose el espejo, caminando de puntillas, «aleteando» con los brazos, mirando al cielo, pareciendo estar desconectado del mundo exterior y metido en una burbuja de la que no sale ni con músicas, ni con juguetes, ni con la voz o el afecto de los demás, corre prisa la intervención de un especialista, antes de que esta manera de estar, se instale y permanezca.

Será importante, pues, escuchar atentamente las intuiciones de los padres y de los maestros y situar las problemáticas de los niños pequeños, tratando de ver el grado de gravedad que muestran.

Voy a describir aquí uno de estos casos en que era indicada una derivación temprana, que se dio desde la escuela infantil. Y lo haré focalizando sobre todo en el trabajo llevado a cabo entre las partes implicadas en el tratamiento: niño, familia, escuela y psicóloga, ya que tengo interés en destacar el beneficio que reporta a un caso grave como el que voy a contar brevemente, el cuidado, la guía y la contención de todas las personas que tienen un vínculo significativo con el niño.

La derivación de Damián

Cuando Damián tenía dos años y vino a la escuela se mostraba ausente, apreciándose una fuerte desconexión de lo que le rodeaba, tanto de niños, como de juguetes y demás estímulos. No hablaba, no tenía interés por comunicarse de manera no verbal, ni atendía a lo que se le decía. Tampoco seguía el ritmo de la clase, no escuchaba los cuentos, ni los teatros, ni hacía trabajos de pintura, manipulación, o juegos dirigidos. Miraba «sin mirar», deambulaba en solitario sin objetivo alguno, daba vueltas a los árboles, no jugaba, no lloraba, le costaba comer y dormir, no se le veía interesado por aprender, ni por relacionarse.

La maestra pidió al resto del equipo de maestros que observara a Damián, cosa que se hizo, llegando a la conclusión de que algo serio pasaba y que urgía hablar con los padres de cara a una derivación. Los padres por su parte estaban ya preocupados, así que estuvieron de acuerdo en que la psicóloga le hiciera el diagnóstico enseguida y, una vez hecho, en que iniciara su tratamiento.

Los contactos entre la psicóloga y la escuela empezaron desde la propia derivación, una vez hecho el diagnóstico y obtenido el permiso de los padres para poderse comunicar. Las informaciones que se intercambiaban eran las necesarias para el avance de Damián y no más, siendo llevado todo con el máximo de discreción, respetando la confidencialidad. Había, eso sí, bastante libertad y flexibilidad en los intercambios, que unas veces partían de las necesidades del niño y otras de las demandas de la familia, de las maestras, o de la psicóloga. La dirección de la cura estaba claramente puesta en la psicóloga, que centraba a todos los implicados, aclaraba dudas, o pedía unas actuaciones u otras, siempre con respeto, explicaciones y una actitud comprensiva y no culpabilizadora.

El niño pasó por varias clases y maestras a lo largo de los años que estuvo en la escuela infantil, que fueron cuatro. En un momento dado la psicóloga propuso que no continuara con su grupo-clase, sino que volviera a cursar el nivel de cuatro años para darle más tiempo a cambiar sin presiones por el aprendizaje. Para tomar esta decisión hubo que contar con la familia, con las maestras y con la directora del centro, que estuvieron de acuerdo y pusieron su esfuerzo en que los cambios fueran bien recibidos por los grupos de niños.

A lo largo del trabajo terapeútico tanto la psicóloga, como la familia, y la escuela trabajaron para que Damián saliera adelante, como así ha sido, afortunadamente. Pero el que más trabajó fue el propio niño, que luchó por él mismo todo lo que pudo y más.

Estrenando nuevos lugares

En la primavera del último curso que Damián pasaría en la escuela, llevamos a cabo un trabajo sugerido por la psicóloga, acerca de la elaboración de su despedida de la escuela infantil, y de su integración al grupo con el que pasaría en septiembre a primero de primaria. Damián anteriormente había pertenecido a este grupo, pero como se consideró que necesitaba más tiempo para madurar, ha estado un año formando parte de otros grupos de la escuela de un año menos de edad.

La idea venía a ser procurar que tuviera un sitio en el grupo diferenciado y acorde a sus características actuales, ya que los niños que formaban parte del grupo de «Los Elefantes» tenían una imagen de él según «era antes», y no convenía en absoluto que la mantuvieran igual por el riesgo de que volviera atrás en su evolución. Tampoco era conveniente que el grupo cerrara filas al encontrarse en una situación nueva (el cambio de etapa), y como consecuencia no permitiera la integración de este niño que tanto ha trabajado y cambiado a lo largo de estos años con la ayuda de su terapia, de su familia, y de la escuela.

Para implementar la intervención se planteó un intercambio entre la psicóloga y la escuela, y a partir de ahí se pensó en hablar con el niño, con los compañeros del grupo de «Los Elefantes», y con los del otro grupo-clase en los que está integrado en este momento. También se recogieron las preocupaciones y sugerencias de la familia, que se anticipaba a la situación de cambio y a las posibles consecuencias en su hijo y se mantuvo informados a los padres acerca del desarrollo de esta tarea conjunta. Asimismo se habló sobre la posterior valoración que se haría en cuanto a la información que se daría al centro de Primaria sobre la situación actual de este niño.

Como maestra del grupo de «Los Elefantes» expuse a mis alumnos la idea de invitar a Damián a venir a pasar algunos ratos en nuestra clase, ya que había nacido el mismo año que ellos y por lo tanto pasaría junto a ellos a Primaria.

Les pregunté si recordaban cómo era y qué hacía cuando eran pequeños, y me asombraron al explicar con todo lujo de detalles lo que hacía en esa época:

  • Damián no hablaba y si le preguntabas algo, no te contestaba.
  • Pegaba fuerte, ¡muy fuerte!
  • Y no quería trabajar y lo dejaban jugar porque él aprendía muy despacio.
  • Tampoco quería comer.
  • Y chillaba mucho.
  • No dejaba oír el cuento porque hacía ruidos.
  • A veces no me dejaba mirarme en el espejo, sólo quería verse él, como si el espejo fuese suyo.
  • ¿Y ahora, cómo lo veis?
  • Yo lo veo bien. En el patio jugamos muchas veces. Ya sabe hablar y jugar.
  • Pero es muy mandón.
  • Bueno, como otros de aquí, ¿no?
  • Sí.
  • Ya no pega casi.
  • Pero sí que interrumpe el cuento hablando él.
  • Es que ahora habla muchísimo, hasta habla cuando juega, que yo lo oigo.
  • ¿Y trabaja?
  • Sí, bastante. En los talleres mezcladitos lo veo pintar y le sale bien.
  • Podríamos decirle que se quede ya aquí todos los días.
  • O por las tardes.
  • A mí Damián me da risa, hace cosas de dar risa.
  • ¿Vamos ya a invitarlo para esta tarde? Se lo decimos y que se vaya preparando.

La invitación formal de parte del grupo fue para que viniera a jugar. Así que a las tres de la tarde Damián entró a la clase junto a mis alumnos. Había una emoción especial en el ambiente que se reflejaba en las miradas, los acercamientos y las sonrisas de los anfitriones y la actitud entre deseosa e insegura del invitado. O así me lo parecía a mí, que también vivía el acontecimiento con las ganas de que todo fuera bien y con la inquietud de que no lo fuera tanto.

Antes de empezar, enmarqué con unas palabras la visita de Damián a la sesión de juego libre y le animé expresamente a pasarlo bien con sus compañeros de antes. Nombré que nos alegraba que hubiera venido y que todos estábamos contentos de recibirlo en el grupo.

Pasados estos primeros momentos empezaron a jugar. Damián se sentó con Alejandro y organizaron un juego con unos animalitos de goma pequeños. Los colocaban, hablaban, los desplazaban… Estuvieron un largo rato en esta actividad. Yo los miraba a cierta distancia y veía que otros niños también estaban pendientes. Marina me señaló de lejos a Damián y me dijo con un gesto de alegría en la cara: -«¡Mira, está bien!» De ahí pasaron a la «agencia de viajes» y estuvieron viendo y comentando folletos de diversos países. Hablaban los dos, pero como estaban situados en el sitio de los clientes y no había ningún vendedor atendiéndoles, sugerí a Marina, que estaba muy atenta al desarrollo de la sesión, que fuera a ofrecerles algún viaje (esta niña es «la experta» en el tema, porque los padres tienen una agencia). Fue y volvió enseguida, comunicándome de un modo muy natural que no querían encargar ningún viaje, que sólo estaban mirando los países que les gustaban.

Estuvieron un tiempo en el garaje y después pasaron a la cocina. De pronto oí que Alejandro me llamaba queriendo mostrarme algo. Fui y vi que Damián había escrito en la pizarra una frase (se refería a un programa de televisión, pero no la anoté y no la recuerdo). Tenía cuatro o cinco palabras, de eso sí que me acuerdo, porque me fijé en que había hecho las separaciones perfectamente. El asombro y la alegría de Alejandro eran notorios (él apenas acaba de empezar a descifrar y escribir algunas palabras sencillas). Así que anunció a voz en grito: «¡Damián ha escrito! ¡Damián ha escrito! ¡Sabe escribir!». Damián sonreía con cara pícara, mientras yo contemplaba el magnífico momento de su presentación ante el grupo como «uno más», a cargo de Alejandro, su entusiasta y cariñoso pregonero.

A partir de ahí Alejandro y Damián se separaron. Me resultó curioso. Era como si, al verlo escribir, Alejandro hubiera comprendido que ya no era necesario que le hiciera de lazarillo. O quizás sencillamente se habían cansado de estar juntos. Damián se paseó mirando los juegos de los otros niños. Se paró muy divertido ante algunos que se disfrazaban, se sentó a mirar a tres niños que se acostaron en el suelo y se taparon diciendo que eran momias, toqueteó el material de las estanterías, habló con algunos y hasta tuvo tiempo de decirme a mí que me parecía un poco a alguien que salía en el programa de «El Hormiguero», que él veía en su televisión.

Para Damián ese rato fue una vuelta al grupo en toda regla desde su diferente manera de estar. Sin embargo, para mí quedó claro que esa entrada formal no fue la verdadera, ya que anteriormente él había recorrido su propio camino de presentación y de acercamiento a los compañeros de la clase de los «Elefantes» en los tiempos de patio, en los talleres conjuntos, en el taller de informática, en las clases de valenciano, en las fiestas, en el teatro…

Por su cuenta y riesgo se había ido aventurando y había estrenado su nuevo lugar.  Damián estaría, pues, dentro del grupo como uno más. Las bases estaban puestas.

Qué alegría.

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Mari Carmen Díez Navarro
Soy Maestra de Primera Enseñanza, Especialista de Educación Preescolar y Licenciada en Psicopedagogía. Además me he formado a base de cursos, lecturas, seminarios, movimientos de renovación pedagógica, etc. Siempre buscando desentrañar qué hay de saludable en las teorías, los afectos, los aprendizajes y las metodologías. Luego ya me empecé a “copiar” de los propios niños, que me mostraban lo que necesitaban y preferían. Observando sus juegos aprendí a respetar y dar tiempo al juego libre. Escuchando sus conversaciones, aprendí a dar paso a sus palabras. Viéndoles entrar en relación, aprendí a trabajar en grupo. Mirándolos moverse y adorar su cuerpo, aprendí a ofrecerle un lugar en el aula. Contemplando sus tanteos hacia el conocerse y el quererse, aprendí a incluir el mundo sentimental en nuestro día a día.

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