la nueva realidad en la primera infancia
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En estos días comenzamos a vislumbrar la vuelta a la escuela y comenzamos a reflexionar sobre cómo será en un futuro próximo la adaptación a esa poco conocida “nueva realidad”. Toca que los profesionales del ámbito educativo consideren en profundidad cómo alcanzar un equilibrio que compagine las medidas y recomendaciones sanitarias con la máxima calidad educativa. Podemos buscar ejemplos en los países próximos que adaptaron sus centros a la situación o, en los que comienzan a retomar la actividad en las aulas tras el confinamiento. En algunos casos las imágenes son, cuanto menos inquietantes, al derivar la responsabilidad del distanciamiento social en la capacidad autorreguladora de pequeños y pequeñas que aún están desarrollando dichas competencias.

Durante el tiempo pasado en confinamiento algunos psicólogos explicaron las diversas manifestaciones en las que niños y niñas pueden mostrar el estrés y malestar que les provoca la ruptura con su cotidianidad, también alertaron sobre casos en los el miedo les hacía reticentes a salir a la calle nuevamente. Por eso, dadas las enormes consecuencias que puede ocasionar en la adecuada evolución de los menores las situaciones que viven, es necesario examinar detalladamente las medidas que se pueden adoptar y si sus beneficios son compatibles con una educación respetuosa para con la infancia. 

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Centremos el análisis en el primer ciclo de educación infantil. Las medidas sanitarias están claras, vamos a aproximarnos a lo que suponen en el 0-3:

El distanciamiento social.

Como adultos que comprenden las necesidades educativas de estas edades; ¿podemos pedirle a un bebé que no explore su cuerpo o que no necesite el contacto corporal con el adulto?, ¿podemos pedirle a aquel que acaba de alcanzar la bipedestación que no explore sus nuevas habilidades en el espacio? ¡Diría que no! El porqué está bien fundamentado por clásicos como el psicólogo J.Bowlby en Apego, Separación y Pérdida (1969-82). Ya que, lo cierto es que el desarrollo general y la evolución cognitiva está directamente relacionada con la toma de conciencia corporal, con la creación por parte del niño o la niña de una identidad propia que se fundamenta en la relación con “el otro”, en la interiorización de límites corporales a través del contacto piel con piel, en la exploración sensorial del movimiento y de los objetos que les rodean: chupando, arrastrándose, sintiendo su cuerpo en equilibrio, tocando, lanzando, etc.

Higiene de manos, evitar el contacto con la cara y uso de mascarilla. 

Podemos mantener una mayor higiene de manos, pero nunca podremos conseguir que dejen de babar, de tocar su cara, o de llevar los objetos a la boca. No existe ninguna tecnología, por muy avanzada que sea, que permita en el devenir natural humano durante sus primeras etapas, que se conozca a sí mismo y al mundo que le rodea sin poner en marcha la mediación de la sensación física; es decir, a través de todo su cuerpo y con la intervención de todos sus sentidos: propiocepción/movimiento, vestibular, interocepción, tacto, audición, visión, olfato y gusto. Y, en estas primeras etapas la boca es el órgano privilegiado, como ya indicó el padre del psicoanálisis hace más de 100 años. Nada que decir del uso de mascarillas, está claro que los pequeños y pequeñas no las van a emplear con propiedad, pero ¿qué pasa con la que viste el adulto en este contexto? En el primer ciclo existe una comunicación primaria muy potente, que tiene que ver con la corporalidad y el gesto, ¿qué va a pasar con esos primeros pasos comunicativos que permiten la evolución hacia una comunicación simbólica en etapas posteriores?,  ¿qué ocurrirá con los bebés que afrontan la angustia de separación cuando se les deje en brazos de un ser sin expresión, sin sonrisa que alivia la tensión, sin besos que alimenten o palabras asociadas a un rostro conocido que ahora aparece oculto e inexpresivo?

Incremento de medidas higiénicas en espacios y superficies (ventilación, desinfección).

No es nada nuevo en el ciclo, es de sobra conocida la necesidad de limpieza y cuidado que se pone en la desinfección de chupetes y juguetes, así como en los momentos de higiene y cambio de pañal para evitar la contaminación cruzada de superficies. En las condiciones pasadas era asumible, aunque en muchos casos mejorable en favor de una mayor consciencia y calidad educativa; dada la enorme importancia que las rutinas presentan en este ámbito escolar. Pero, en un futuro próximo, en el que la individualización y la asepsia social parecen clave, ¿qué se puede hacer cuando el educador atiende a grupos de 8, 13 o 20 niños y niñas en un mismo espacio?, ¿qué podemos articular para que no se vea disminuida la riqueza educativa, imprescindible en este ciclo, que suponen las relaciones entre iguales y con las figuras de referencia?, ¿cómo podemos flexibilizar nuestra actuación para mantener esa relación emocional de confianza y sostén entre niños, niñas, educadores y educadoras?

Evolución o involución

A finales del S.XIX y principios del XX, con la revolución pedagógica que supuso la Escuela Nueva, se sentaron las bases para alcanzar una mayor madurez en el ámbito educativo que tuviese en cuenta la perspectiva del niño y la niña, para respetar sus características intrínsecas y sus necesidades propias. A día de hoy, en las excepcionales circunstancias que nos ocupan, muchas de las propuestas que se habilitan desde los centros parecen derivar en una involución, un paso atrás en esos tímidos logros alcanzados con tanto esfuerzo.

¡Todo pasa!, saldremos de esto mejor o peor parados, pero parece que se van definiendo dos opciones: cambiar y afrontar la realidad para mejorar nuestro sistema educativo o retroceder en el tiempo y acomodarse en organizaciones y actitudes de sobra conocidas. Por eso, non debiéramos confiar en el miedo como asesor, no debiéramos tener miras a corto plazo, éste es un problema que afecta a todos y en el que es necesario encontrar vías comunes para las administraciones, la comunidad educativa y las familias.

En los últimos meses hemos podido comprobar la estrecha relación existente entre el mundo escolar y económico, y debería servir para sacar una lectura de conjunto que promueva un sistema conciliatorio realmente efectivo y flexible; para atender las demandas de las familias, pero principalmente la de los menores. No es una reivindicación nueva, es bien sabido que muchos de ellos tienen carencias notables en tiempos de calidad compartidos, con progenitores o familiares allegados. La dimensión de esta crisis apunta directamente a una visión global de nuestra sociedad y cultura de consumo masivo. Con una memoria frágil (no hace falta ir muy lejos para encontrar testimonios de familiares cercanos que vivían con lo mínimo), hoy tenemos la oportunidad de redescubrir cuán importante es el tiempo en familia, la necesidad que tienen niños y niñas de contacto y vínculo, de la fortaleza invisible y la capacidad de ayuda existente en las pequeñas comunidades, entre otras cuestiones que han quedado patentes. Todo esto non hace más que remarcar la importancia y validez de la línea pedagógica que guía el caminar de la escuela como institución en estos últimos años, como agente activo de la sociedad.  Por eso la escuela tiene el deber de crecer ante esta situación, fortalecerse en esta adversidad y sacar lo mejor de sí misma en consonancia con el resto de agentes implicados, y, sobre todo, para que este reto se materialice en un paso hacia delante, en una enseñanza que respete los intereses fundamentales de la infancia.

“Si enseñamos a los estudiantes de hoy como enseñábamos ayer, les estaremos robando el mañana”

JOHN DEWEY.

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