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Incertidumbre: falta de certidumbre. Dícese del conocimiento seguro y claro de algo. Firme adhesión de la mente a algo conocible, sin temor a errar.

Estamos en un momento complicado donde la incertidumbre se ha convertido en parte de nuestra vida diaria. Muchas de las cosas que conocíamos han ido cambiando en estos pocos meses, algunas de manera repentina y otras poco a poco. Es cuando se habla de “antigua normalidad” y “nueva normalidad”, pero precisamente esa “nueva normalidad”, no hay nadie que sepa con total certeza cómo va a ser. Cuando creemos que sabemos algo acaba cambiando porque se descubre algo nuevo.

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Esa incertidumbre está en cada una de las facetas de nuestra vida, desde la familia, lo social y lo laboral. 

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En la familia hemos pasado por un confinamiento que nos ha puesto ante un espejo y ha dejado ver nuestra auténtica realidad. No nos ha hecho ni mejores ni peores personas, simplemente ha sacado a la superficie lo que teníamos dentro. Hemos visto cómo se tomaban decisiones con respecto a la infancia totalmente arbitrarias, sin pensar realmente en su bienestar. En casa hemos tenido que incorporar nuevas rutinas de higiene, explicar en muchos casos por qué ahora se hacen determinadas cosas y no se pueden hacer otras.

Y es en todo esto donde la infancia nos ha dado una lección tras otra de comportamiento, de saber estar y comportarse. Conocemos y hemos leído muchas teorías que nos hablan de la importancia del contacto, de la mirada, del acompañamiento entre adultos y criaturas, sobre todo en los primeros tiempos de vida. Al igual que no podemos saber si una vacuna de las muchas que se está escuchando va a ser totalmente efectiva o si tendrá unos u otros efectos secundarios, no sabemos cómo afectará esta nueva forma de relacionarse a nuestros hijos, a esos recién nacidos. ¿Qué interpreta el bebé cuando no vé la mayor parte de la cara de una persona? ¿Su normalidad es ver nariz y cara o no? ¿De dónde sale el sonido ese que les acompaña y les da seguridad? ¿La percepción de los olores? ¿Nos reconocerán por nuestro olor o por el olor de nuestro gel hidroalcohólico? ¿Conocerán a la tía, al abuelo, a las primas? ¿Sabrán reconocer a quién pertenece cada voz sin ver una boca que la emite? ¿Cómo se distinguen las emociones si no se ve la mayor parte de la cara? ¿Qué es una sonrisa?

En lo social las cosas no dejan de cambiar y lo que podemos hacer un día, después no podemos porque no es sano o puede ser peligroso, o no es lo recomendable. Todas nuestras “libertades” están supeditadas a decisiones de otros y confiando en el buen hacer de la población. Hemos visto abrir los bares y permitir las reuniones en terrazas antes de permitir usar los parques infantiles o incluso ir a comer al campo. Se han tomado decisiones sobre la apertura de comercios y restauración, pero en educación no hay consenso ni ideas claras. La infancia se enfrenta a un nuevo patrón de comportamiento y de socialización. Por ejemplo, mi hija de 7 años la primera vez que vio a una amiga fueron corriendo a abrazarse y cuando estaban a punto la otra madre les gritó que no podían. Desde ese momento cuando ve a alguien pregunta “¿Te puedo abrazar o chocamos el codo?”. A día de hoy me sigo encontrando poblaciones que mantienen los parques infantiles cerrados como si el covid viviera ahí dentro (algunos niños ya piensan que es así y les da miedo entrar) pero no escatiman recursos en ceder espacios comunes como aceras, plazas o plazas de aparcamiento para poner terrazas de hostelería. ¿Hay un pensamiento puramente económico detrás de estas decisiones? ¿La infancia no es un motor económico? Me surgen dudas al respecto.

Pienso en las consecuencias sociales en la infancia. Ahora además parece que la adolescencia, los jóvenes son los que más se están contagiando y no es extraño pues para muchos no ha variado su normalidad. Para ellos la antigua normalidad sigue siendo la nueva normalidad, pero con mascarilla cuando van a salir y volver a casa. Esto lo veo a diario en el centro de Madrid y me pregunto ¿qué hemos hecho mal los adultos? ¿Por qué no hemos sido capaces de transmitirles la importancia de la situación que estamos viviendo a tantos jóvenes? ¿Hay un vínculo que en algún momento se ha roto?

Pero todo esto se traslada, como no podía ser de otra manera, al aspecto laboral. Yo me centro en el educativo, pues es el que me toca y del que tengo más conocimiento. Tanto familias como maestros queremos volver a las aulas. Queremos volver en las mejores condiciones posibles y con seguridad ya que esto es algo que mata, muere gente de todas las edades y sin hacer distinción. El caso es que los espacios educativos, ya sean colegios, escuelas infantiles, institutos, universidades van a cambiar. Hay países donde las universidades ya han confirmado casi la totalidad del temario online (EEUU) y se valoran la semi-presencialidad en el alumnado de secundaria. ¿Pero alguien sabe algo con seguridad? 

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Los equipos directivos de los colegios y escuelas están tomando decisiones en base a lo que los diferentes gobiernos autonómicos regulan. Parece ser que las familias no van a poder acceder a los centros en las entradas y salidas, sólo con cita previa para una reunión con alguno de los profesores. Los maestros tendremos que permanecer en nuestra aula y salir por turnos al patio únicamente con nuestra clase, de manera que se controlen los contactos entre niños y un posible contagio en el segundo ciclo de infantil. En primaria podrán salir varios grupos juntos, pero con mascarilla y sin objetos de uso compartido tipo balones, gomas, cuadernos y rotuladores. Los diferentes espacios del centro se van a pluriemplear.

Algunos gobiernos han decidido que los elementos de origen natural no deben estar en las clases y que todo el material debe ser de plástico para que se pueda desinfectar fácilmente. Por suerte hay otros que recomiendan usar sólo materiales naturales y ponerlos en cuarentena cada día. Hay propuestas muy dispares, desde un conjunto de materiales para cada día de la semana y así están una semana en cuarentena, juegos de materiales alternativos, unos para lunes, miércoles y viernes y otros para martes y jueves. Opciones distintas se están barajando y desde luego seremos capaces de idear nuevas formas de interactuar en el aula. Surgirán nuevas propuestas para el aula. Se van a organizar las aulas por “grupos burbuja” de manera que se controle el número de interacciones entre personas. Los centros serán espacios “militarizados” donde todo estará controlado y regulado al milímetro, pero ¿quién controlará el contacto entre familias en las entradas y salidas del colegio? Entradas y salidas escalonadas, menos mal que los que tenemos hijos sabemos que nunca surgen inconvenientes de última hora que nos ralentizan, en casa y en el colegio, porque lo más fácil es ser puntual al detalle con niños (ironía modo ON). A todo esto, está el momento “periodo de adaptación” de los niños de 3 años. Ese es un buen melón. Qué importante serán esos primeros días de septiembre antes de empezar el curso para que familias y maestras se conozcan y establezcan un punto de partida, un primer pilar de confianza sobre el que ir construyendo.

Mi lectura de todo esto es que aunque la incertidumbre está ahí, nos atenaza en ocasiones, nos plantea barreras y dificultades… no dejaremos que se apodere de nosotros a la hora de desempeñar nuestra labor como maestros. Todas las pedagogías que hemos puesto en práctica, las investigaciones que han demostrado la validez de planteamientos alternativos a la clase magistral y al uso excesivo y generalizado de las nuevas tecnologías en el aula no van a desaparecer. Si hay algo que caracteriza a esta profesión es nuestro grado de implicación, las ganas, el entusiasmo y la capacidad para sobreponerse. ¿Van a reducir las ratios? Sabemos que no. Las subieron y nos pareció difícil, lo recordamos con anhelo pero salimos adelante demostrando nuestras ganas y que la infancia es ejemplo para la sociedad. ¿Tenemos todo seguro? Por supuesto que no, nada salvo nuestras ganas y la importancia de nuestra labor. 

“Consideramos la incertidumbre como el peor de todos los males hasta que la realidad nos demuestra lo contrario” 

JEAN BAPTISTE ALPHONSE KARR

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