maestros científicos
Imagen de kordula vahle en Pixabay

Cada mes de junio escucho y leo de manera recurrente cómo mis compañeros de etapas educativas previas a la universitaria aluden y se despiden de los diez meses que acaban de finalizar haciendo alusión a las huellas que esperan haber dejado en las criaturas con las que han compartido el curso que termina.

Las huellas del corazón y las vinculadas con las emociones y los valores éticos suelen ser las más citadas, y éstas no dejan de ser el legado que dejáis en cada uno de los niños que germinarán (o no), con el paso del tiempo, en cada uno de ellos como resultado de vuestro trabajo.

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Estas huellas son difíciles de seguir, de medir, de valorar, puesto que en la mayoría de los casos resulta casi imposible identificar cómo se desarrollan o influyen en su desarrollo más próximo y en su futuro más lejano debido a la distancia que marca el tiempo y a las nuevas huellas que moldean su evolución y transición hacia la vida adulta.

Estas huellas se confieren como la esencia que cada maestro desea transmitir a cada criatura y que no son más que el resultado de años de esfuerzo, formación, dedicación y experiencia, esta última en mayúsculas.

La experiencia es la base de toda disciplina, sin ella nos enfrentamos a una profesión estática, de no avance, que impediría alcanzar los estándares que cada profesional de la educación desea desarrollar desde su entorno más próximo: un sistema educativo de calidad, riguroso y justo.

Estos tres retos únicamente se pueden plantear si esas huellas se trasladan al papel, sí, al papel. Registrar cualquier planificación, proceso o actividad y los resultados obtenidos es la única fórmula que permite conocer y analizar si un planteamiento, decisión o acción responde al objetivo planteado. 

Cuando los profesionales de la Educación diseñáis, planificáis y estructuráis vuestra propuesta académica, lo hacéis en función de los objetivos y estándares de aprendizaje que pretendéis alcanzar (conceptuales, procesuales y actitudinales), tomando como referencia la concreción curricular propia de la legislación estatal y autonómica, y de la etapa educativa en la que desarrolláis vuestra profesión.

Esta planificación debe ser evaluada al finalizar su implementación para poder cerrar el ciclo completo. Dicha evaluación no solo debéis plantearla desde la perspectiva de la adquisición de conocimientos y aprendizajes por parte del alumnado (boletín de evaluación trimestral), sino desde la evaluación de vuestra propia planificación y de las decisiones tomadas para llevarla a cabo: ¿mi propuesta se ha desarrollado con éxito? ¿con esta planificación he conseguido alcanzar el conjunto de objetivos y estándares deseados? ¿he tenido que modificar / replantear algún elemento para alcanzar el resultado final?

Si recogéis estos resultados, estaréis aportando una información extremadamente valiosa para la educación. Esta información permite demostrar qué estrategias, métodos y herramientas ofrecen mejores resultados en función de las características del grupo y de los resultados esperados. Solo así podemos avanzar. Solo así se dotará del carácter científico que requiere esta disciplina. Y digo científico porque la educación es, junto con la medicina, la disciplina que mayor evolución y adaptación a los cambios sociales y culturales ha experimentado desde que se constituyó como  Derecho Fundamental de todo ser humano. 

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