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Tratemos de superar estas dudas y/o indefiniciones abordando lo que pensamos que deben ser: educadores profesionales de la primera infancia.

¿Qué supone el profesionalismo?

En primer lugar una formación académica, preparación superior y especial  con saberes específicos inherentes a la tarea a realizar, un saber hacer mostrando la relación entre teoría y práctica, implementando los contenidos en acciones didácticas concretas y un saber ser que remite a la ética, a la legalidad y a la identidad del que hace.

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Con frecuencia en la práctica laboral cotidiana se confunde el ser profesional con el ser persona, tema que, no esclarecido suficientemente, es causa de gran parte de las disfunciones en la tarea.

El ser profesional incide sobre el ser personal y viceversa pero no se los debe confundir.

El profesionalismo debe articular la formación profesional con la persona integrando lo que se recibe de los otros y el trabajo de cada uno sobre sí mismo.

Los roles profesionales de los educadores en el  Maternal como en todos los otros ciclos educativos son variados: docentes, docentes auxiliares, especiales, directivos, vicedirectivos, coordinadores, otros. Lo importante es que estén definidos con claridad, asignados formal y legítimamente y asumidos en concordancia.

Para un mejor desempeño es útil abordar los roles analizando sus funciones específicas y tareas que se desprenden.

Ejemplo: una de las funciones específicas de un docente es planificar; de esa función se desprenden una multiplicidad de tareas: qué se va a planificar, la búsqueda de recursos de todo tipo, la definición de los tiempos, las personas que participarán, etc.

Por causas múltiples los roles están sujetos permanentemente a disfunciones de gravedad diversa que marcan fuertemente el profesionalismo del que los desempeña.

Algunas de estas disfunciones son:

  • Salida de rol:no respetar en el desempeño la pauta formal del rol, por ejemplo ser nominalmente directivo y ejercer habitualmente como docente.
  • Vacancia del rol: con intención o sin, no cumplir con las funciones pautadas para ese rol. En estos casos el desempeño es totalmente errático y subjetivo.
  • Invasión de rol: se abandona de manera intermitente o permanente el propio rol para desempeñar el de otro u otros por ejemplo, un secretario/a realiza tareas directivas que no le incumben.
  • Rol fantaseado: ésta es una disfunción que se relaciona con el imaginario personal o colectivo. Por ejemplo, los educadores haciéndose cargo inconscientemente del rol de padres o abuelos.

Los roles se ordenan según su definición, funciones y tareas en el organigrama institucional que marca una estructura jerárquica estableciendo la relación interprofesional que debe jugarse en la escuela.

Esto remite ineludiblemente al concepto de vínculo y contra rol.

Es difícil hablar de un rol sin pensar en su relación con el complementario: la maestra y el niño, la maestra con su directivo o con sus pares, la maestra con los padres del niño. El vínculo debe ser considerado unidad de análisis de los desempeños, idea que conecta con la de «contra rol». No se trata solamente de lo que hacemos sino también de lo que nos hacen y en la mayoría de los casos nos instalamos más en esta última lectura.

Si el desempeño es el esperado según la pauta formal se supone una respuesta explícita y/o implícita acorde. Muchas veces, con una frecuencia mayor que la deseada, siguiendo este esquema, los vínculos se estereotipan y dejan de ser funcionales perdiendo sentido, flexibilidad y creatividad.

Esto nos lleva a pensar en la necesidad de la formación de base y continua del rol.

Cualquier rol y especialmente los roles  profesionales necesitan de un aprendizaje inicial, un reaprendizaje permanente y un entrenamiento en modelos siempre sujetos a reflexión.

Considerando lo que de actores tenemos los educadores, esta idea del entrenamiento, del ensayo, es de una gran fuerza para provocar los modelos deseados.

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