vaivenes

El vaivén diario de la vida en el aula me expone continuamente a situaciones cuyas interpretaciones pueden ser variables, lo que supone una búsqueda continua de su naturaleza que no siempre encuentra respuesta. 

Esta tarea de repensar, de buscar estrategias, de tratar de dar respuesta a las necesidades reales de mis alumnos resulta, cuanto menos, un reto vertiginoso.

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La grandeza de este trabajo reside en la oportunidad que se nos concede de acompañar a “pequeñas personas” en grandes descubrimientos, lo que, a su vez, es una tarea que engendra una responsabilidad moral absoluta. Requiere de escucha, de miradas, de contactos, de acercamientos, de gestos, de palabras, de silencios… 

Y en el transcurso de ese camino, se requiere de interpretaciones que serán el punto de partida en nuestras actuaciones. 

Esto no hace mas que evidenciar la importancia de reflexionar hacía dónde fluye la intencionalidad de nuestra práctica y, a ser posible, de hacerlo antes de actuar. 

Pero no solo eso, tan importante es pensar hacia dónde va como si la dirección que sigue es directamente proporcional a la que nuestros alumnos llevan. Lo que viene a ser, en palabras de Savater (1998),  “La importancia de aprender a pensar sobre lo que se piensa”.  

Pues bien, ahí es donde yo siento que me encuentro; pensando mas que hallando. Y observando.

Otro día más él sigue siendo fiel a su rincón: construyendo carreteras y rodando coches por ellas. Yo observo, anoto y reflexiono: ¿Debo intervenir?¿Su interés por este juego, aparentemente monótono semana tras semana, puede alargarse tanto en el tiempo o será que su repertorio de intereses es restringido? Quizá el lugar y la acción le otorgan la seguridad que necesita,  o quizá me necesita a mi para explorar y descubrir otros espacios con tantas posibilidades…

Mientras tanto ella participa de las conversaciones en gran grupo, pero lo hace en cuerpo; un cuerpo que aun no se ha encontrado a sí mismo, que no ha delimitado su extensión en el espacio, que necesita el roce constante con cuanto tiene a su alrededor para tomar consciencia de que todo aquello que sale de su ser es suyo, a pesar de que aún no lo domine. A veces vuelve para quedarse un rato. Entonces interviene y, con una sonrisa nostálgica, nos cuenta que ayer fue con mamá a pasear. Nada tiene que ver el hilo de la conversación con su experiencia personal y el resto se lo hace saber. Ella tímidamente desdibuja su sonrisa y, con gesto de desacuerdo, relaja su cuerpo dejando caer sus hombros vencidos por la desilusión. Yo pierdo el hilo también, mi atención ahora la ha atrapado ella. Siento la necesidad de acercarme, de tenderla mi mano y demostrarle cuan importante es lo que cuenta. Pero, ¿Cómo? ¿Rompo la conversación que tan envesados tiene a los 18 restantes? ¿Cómo les hago entender, en su afán por conocer la vida de los extintos reptiles, la importancia de esa manifestación efímera del vínculo materno? ¿Cómo reconduzco esa intervención tan, aparentemente, fuera de lugar para muchos y, a su vez, tan importante para una?

Pues ahí, entre todos estos interrogantes, me encuentro a diario. Con él, con ella, con los otros y conmigo. Cada uno tiene los suyos y yo tengo los de todos y los míos. 

En este baile de inseguridades me muevo. Y estoy segura de que me salto pasos, pierdo compases y hago tropezar a otros. Pero la melodía sigue sonando y no hay tiempo para reconsternarse. Es momento de buscar respuestas, en nosotros mismos y en los demás. Porque, cómo seres sociales que somos, también necesitamos del otro. De otra mirada, de otras miradas.

¿Dedicamos un tiempo en la escuela a hablar de estas  trivialidades? ¿Compartimos inseguridades? ¿Somos capaces de salir a la palestra y despojarnos de esa imagen todopoderosa que nos otorga la mirada vertical en el aula?¿Lo intentamos al menos?

Deberíamos probar a saber menos y compartir mas, sin miedo a desnudar nuestras inseguridades, sin disfrazar las dudas de seguridad absoluta. Así y solo así, seremos capaces de afianzar cada día un poquito mas la autoconfianza en nuestra practica y la calidad de la misma.

El proceso puede resultar agotador en ocasiones , pero ahí reside la grandeza de la superación por aquello que nos hace vibrar el alma: la educación.

Natalia Estévez Campo
Madre por partida doble. Maestra de educación infantil en constante aprendizaje; Postgrado en Atención Temprana y contextos de Desarrollo Infantil. Preparadora/Formadora de opositores al cuerpo de maestros, en la especialidad de Infantil. Jefa de estudios y tutora de infantil en el CEIP. Cuevas del Castillo, en Vargas (Cantabria).

2 Comentarios

  1. Muchas gracias por dedicar tu tiempo a leer mis reflexiones y, por supuesto, gracias mil por tu comentario Karina.
    Que bien sienta compartir las inseguridades y que se hagan extensibles entre compañeras. Eso nos reafirma, nos sostiene y nos une, aunque sea en la distancia.
    Elegimos una profesión maravillosa en la que cada día es una aventura por descubrir y por reflexionar. Ojalá nunca perdamos el foco y nos sigamos encontrando en espacios tan propicios y cuidados como este; porque así, aunque inseguras, estaremos acompañadas!

    Un fuerte abrazo compañera.

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