Hace un año un bichito nanómetro en su tamaño y gigante en sus efectos incendió el alma de un maestro.

El día anterior fuimos al centro sin saber muy bien qué teníamos que preparar, recoger, afrontar en días venideros. La pregunta que se nos venía a la cabeza era «cómo sintonizar la educación, con la salud y nuestras vidas».

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Suposiciones, incertidumbre, “no pasa nada, será algo temporal”, “familias en quince días nos vemos, cuidaros mucho por favor”, dando los últimos besos y te quiéros, despidiéndonos con la boca pequeña y el corazón encogido, prisas y más prisas sin saber muy bien cuál sería el guion de la próxima película que íbamos a vivir todos y todas.

Y llegó el 13 de marzo, muy temprano fuimos conscientes que estábamos encerrados en una jaula con cientos de candados mentales, sociales, mediáticos, educativos, familiares…,alguien tenía la llave y nos sabíamos realmente su identidad.

Pensamientos, primeros síntomas, muertes por doquier, teorías, información a borbotones, expectativas tiritando…, fueron pasando los días y se iba oscureciendo el cuadro de nuestra vida.

Reuniones, exploración de formas nuevas de comunicación, diseñando actividades virtuales, buscando acercamientos con las familias y sus pequeños, aparecían familiares que tenían tú teléfono y preguntaban qué tal, cómo y cuándo, silencios en las calles, lamentos en las paredes, aplausos en los balcones, llamadas de desahogo y aliento, sollozos en las palabras…, no había consuelo ni brújula que orientase nuestras vidas.

Horas, días, meses de trabajo incansable por llegar a los más pequeños y sus familias, construyendo el concepto de “Ubuntu” en cada casa, vecindario y barrio, apoyos y acompañamientos lentos, cuidadosos y basados en el buen trato, compensando la falta de afectos, miradas, caricias con mensajes en forma de canciones, juegos, actividades, distracciones educativas que hicieran la vida familiar más amena, soportable y cálida.

Hace un año un bichito nanómetro en su tamaño y gigante en sus efectos incendió el alma de un maestro, aún no he podido dar un beso a un niño o niña, doliéndome en los más profundo del alma, pero aguardando el momento para darlos con lentitud, agradecimiento y deseo.

Llegarán muchos besos de sabores, olores, texturas, colores, tamaños a muchos mofletes, están encerrados en un tarro sin fondo ni tapa.

Bibliografía:

Canciones:

Sami El-Mimeh García
Soy un profesional de la educación en todas las etapas educativas (actualmente en 0 a 3 años en una Escuela Infantil-Casa de Niños/as "Érase una vez...", Moraleja de Enmedio, Madrid)

2 Comentarios

  1. Me sumo al escrito, mejor radiografía de ese día no ha podido hacerse. Menuda descripción de lo que nos ha sucedido a todos nosotros, los maestros.
    Gracias Sami!

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